Por Loreto Fernández

El Señor es mi roca y mi fortaleza; es mi libertador y es mi Dios,
es la roca que me da seguridad; es mi escudo y me da la victoria.

Salmos 18,3.

Hna. Evangelina Quidel

Siempre es un gusto conversar con la hermana Evangelina, a pesar de las secuelas producidas por el accidente vascular que sufrió el 2007 y que la mantiene en silla de ruedas y con dificultades en el habla. Se da a entender y se ríe sonoramente con frecuencia, manteniendo intacto el sentido del humor y la sencillez de reconocer que sí, que se le olvidan muchas cosas y se le dificultan otras, pero la vida continúa y ella tiene voluntad de sobra para seguir adelante. Dice que su recuperación es un milagro; está llena de vida y se le nota.

Eso sí, como toda vida, también tiene tristezas, y una grande para hermana Evangelina es no haber podido estar en la muerte de su hermana, Dolores, también religiosa de la Providencia, quien falleció producto del cáncer, mientras ella se encontraba en Canadá. “No quería ir”, cuenta, “pero ella me decía: ‘anda no más tranquila, no me va a pasar nada, ándate bien contenta’… lo lloré todo, no pude estar ni para su funeral”.

Parte la conversación corrigiéndome, no son Bodas de Oro las que celebra, son de Diamante; y por si me quedan dudas, menciona a las hermanas Hortensia y Guadalupe como sus compañeras de festejo.

Comparte que quiso ser monja desde chica, que no lo decía pero le gustaba, pero eso sí, cuando su hermana mayor (que hacía las veces de mamá por haber perdido a ésta de niña) la llevó a la Providencia de Temuco,  tuvo que internarla de nuevo porque, cuenta entre risas,  se arrancó “portón afuera patitas pa’ que las quiero. No conocía la calle pero me fui porque no me gustó. Eran muy estrictas, no me acostumbraba.”

Después cuando quiso entrar a la Congregación, no pudo hacerlo con su hermana Dolores porque le encontraron cara de enferma: “comíamos lo mismo, pero la Dolores era bien gorda y yo era muy flaca”. Cuando por fin viajó a Santiago al postulantado, lo hizo en tren con otras candidatas. Viajaron toda la noche conversando, así que cuando llegaron al otro día estaban cansadas y muertas de sueño. Cambia la voz como un susurro y recuerda como hablaban así, cuando podían, porque en ese tiempo se guardaba silencio. “Teníamos unas ganas de hablar y no podíamos. Podíamos hablar en los recreos. Había uno que duraba desde el almuerzo hasta las 2. Caminábamos calladitas hasta el noviciado y ahí podíamos hablar. En la tarde nos daban otro recreo y nos llevaban al patio de la Escuela de la madre Nieves a jugar a la pelota.”

En relación a la formación, plantea que en aquellos tiempos era difícil, pero risueña agrega que no le dieron ganas de arrancarse como cuando era niña. Con las compañeras se decían unas a otras lo que les costaba, pero ella les aclaraba “igual yo voy a seguir”. Eso sí, al igual que otras hermanas en formación en aquella época, muchas veces pensaba que la iban a echar.

Su primera misión fue en Concepción, donde permaneció por 2 años. “También me fui en tren y más cerca de Temuco”, cuenta, “pero en ese entonces no podíamos hacer ninguna visita a la familia. Yo pensaba en mi hermana (Dolores), que podíamos estar juntas, pero nada… a ella la dejaron en el Pio X en Santiago y cuando fui mandada ahí mismo, llego y me entero que a ella la habían cambiado a Buenos Aires. Sólo una vez estuvimos juntas en la enfermería, años después cuando me mandaron para que la acompañara cuando ya estaba enferma.

Luego da más detalles de sus cambios de misión: “En el Pio X me avisaron que estaba trasladada a La Serena;  yo no quería ir, tenía miedo de las madres que estaban ahí, estaba la madre Dolores Rubio, que fue mi superiora y con quien recibí mis votos perpetuos. Nos fuimos juntas con Elisa que había sido estudiante ahí pero que tampoco quería ir; nos fuimos llorando todo el camino en el bus”.

Respecto a los cambios que trajo el Concilio Vaticano II y la unión con Canadá,  dice que fue algo bueno, que ya tenía los votos perpetuos y que fue un afirmarse en su vocación. Se ríe de nuevo con ganas cuando comparte que al inicio algunas pensaban que el trato distinto (todas como hermanas-hermanas) era “una prueba”, hasta que se dieron cuenta que era un cambio de verdad. “Fue bueno porque se terminó eso de antes, esa cosa tan dura”, señala.

Sigue haciendo memoria de los lugares que misionó: Vicuña, a donde la mandaron por problemas a los huesos y donde le tocó estar en el colegio y después en la pastoral parroquial; Valparaíso, tanto en la Casa de la Providencia como en el Hogar de Ancianas; Limache, donde misionó primero 20 años y luego otros 5 y donde hasta hoy “hay chiquillos de más de 30 que me vienen a ver.”

Para finalizar, respecto a cómo ve hoy la Provincia y a sus hermanas, comenta: “Va como el mundo… así no más. No como antes todas iguales… la ropa, todo. […] Ahora la que quiere ser buena, es buena, y la que no quiere ser buena, no es buena no más”. Sin duda que ella es una de las que siempre ha querido ser buena.