Por Juan Carlos Bussenius, coordinador del Centro de Espiritualidad.

En el 2017, cuando se cumplieron los cuatrocientos años del nacimiento de San Vicente de Paul, Hna. Karin Dufault, superiora general de las Hermanas de la Providencia, expresó al comenzar el Capítulo: “Dios plantó su sueño en San Vicente de Paúl, en la beata Emilia y en las madres Bernarda y Joseph. Para mí, el 400 aniversario del Carisma Vicentino ha sido una oportunidad para investigar de manera más profunda nuestras raíces vicencianas, especialmente porque la Familia Vicenciana ha proporcionado muchos recursos excelentes”. Este deseo, continúa sin duda hoy, al recordar un nuevo aniversario de la ida junto al Padre, el pasado 23 de septiembre, de la “gran Dama de Montreal”.

Sabemos que Emilia Gamelin se encuentra con Dios que la desafía a una misión con los pobres y desvalidos del Montreal de su tiempo. Su estilo será de respeto y delicadeza con los sufrientes y adoloridos. Respetar su dignidad, como lo plantea hoy la Doctrina Social de la Iglesia. El Papa Francisco, en su visita a los obispos de Gambia, Sierra Leona y Liberia, en el año 2010, expresaba: “la lucha por la pobreza comienza por el respeto de la dignidad del hombre”.

El cuidado por la dignidad del pobre será un rasgo muy importante en el modo de proceder de la beata Emilia. No se trata solo de trabajar por ellos y ellas, sino con un modo que testimonie finalmente la ternura de Jesús. En consonancia con San Vicente de Paul, la Madre Emilia sentía que los pobres tenían que ser considerados como “amos y maestros”. San Vicente decía: “Ellos mandan y nosotros aprendemos…. Nos dicen, cómo, cuándo y que necesitan y nosotros acudimos a su servicio”. Un legado central, del santo francés, tan inspirador para las obras de las Hermanas de la Providencia. Incluso más, San Vicente de Paul decía: “Con los pobres, salvar a los pobres”. Que ellos sean sujetos activos y no pasivos de nuestra caridad. Algo muy actual, de la acción social vicentina, que sigue inspirando las obras de las Hermanas de la Providencia.

La beata Emilia Tavernier Gamelin nos sigue urgiendo a trabajar por la dignidad y el respeto que los pobres deben tener. Una visión que no siempre es fácil, pero es fundamental. Muchas veces, los servimos desde una distancia, incluso afectiva y espiritual. Nos cuesta reconocer que a los empobrecidos, como decía el papa Francisco en esa visita a los obispos africanos, hay que “hacerlos protagonistas de su propio desarrollo integral”. Sólo de esa manera realizaremos un servicio hacia ellos y ellas de manera no paternalista, legado de la Madre Emilia sustentado en el carisma vicentino.

Como un gran tejido, donde los hilos van conformando un solo tapiz, aquí encontramos las huellas de San Vicente de Paul en la manera como la beata Emilia Gamelin servía a los pobres, y sabemos, en muchos otros aspectos de su espiritualidad y acción social.

El dolor y el sufrimiento no son estériles. Si podemos resistirlos desde la compasión y de la solidaridad, haciendo “adultos” a los pobres, convierten a todos. Desde la fe son semillas de acción y de sentido. El poder del afecto y la ternura transforman, y al mundo. San Vicente de Paul, ilumina el corazón de la beata Emilia Gamelin, creando permanentemente, nuevos tejidos de inspiración.

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“Me pareció que su respetada Madre estaba animada por una tierna devoción a San Vicente de Paúl, que la Providencia le dio como Padre. Es a ella, como ustedes lo saben, que Dios hizo la gracia de descubrir el tesoro de las reglas, legado que este gran Santo dio a sus hijas de la caridad. A menudo encontré que ella [Emilia] fue fuertemente afectada con sólo el nombre de San Vicente. Habiéndolo querido tiernamente y servido fielmente ella había deseado estar unida lo más posible a él después de su muerte. Ella había dado su testimonio hace tres o cuatro años dando a conocer su deseo de ser enterrada en la capilla (quiere decir en la bodega, debajo de su altar) y es ahí por consecuencia que sus restos descansan en paz. Es también allí sobre esa querida tumba que ustedes irán a impregnarse de una devoción, que espero crezca en ustedes. Pueda esta penetrarlas para siempre en ustedes del espíritu de caridad que deberá caracterizar, en todos los siglos, a las verdaderas hijas de San Vicente”.

Fragmento del elogio fúnebre de Madre Gamelin, realizado por Monseñor Ignace Bourget el 24 de septiembre de 1851.