Por Hna. Ana Teresa Araya – 

Superiora“La caridad de Cristo nos urge” fue el sello que marcó la vida de Madre Bernarda y lo que la condujo a vivir su fe con osadía evangélica, al servicio de las y los desposeídos de su tiempo. Ella misma siendo religiosa confiesa haber nacido con un temperamento muy inclinado a amar: “Siento a veces como si tuviera un volcán en el pecho” escribía (1956, Donoso, F. p. 32). Mucho antes,  estando de novicia y ofreciéndose de misionera al Oregón, viaje que la dejaría finalmente en nuestra patria, exclamaba: “Tuya soy, haz de mí lo que quieras. Si te place que vaya al fin del mundo, pronta estoy; nada temeré si Tú me envías. ¡Ojalá tuviese en esto ocasión para probarte mi amor!” (1956, Donoso, F. p. 15).

Por amor se comprometió en el servicio a las niñas y niños azotados por la pobreza y el abandono, siendo esta la primera misión que Dios le tenía reservada en su arribo a Chile.

Por amor también al Dios de la Vida, tomó la iniciativa y salió al encuentro de los empobrecidos y de los sufrientes y de todos aquellos que tienen el corazón triste.

La certeza de sentirse amada por Dios Padre Providente la impulsó a entregarse a los demás, colocando su corazón en la miseria y mirando con ternura y compasión a todos aquellos que la necesitaban. Como ella misma repetía: “La caridad con el prójimo no es de simple consejo, es un mandamiento de Dios” (Avisos generales, p.147) y también: “Dios recibe y toma como hecho a sí mismo lo que hacemos al prójimo, sea en bien o en mal” (Circular 22, p.90).

El día de sus funerales, Monseñor Subercaseaux decía: “Quisiera echar una mirada sobre la obra grandiosa emprendida  y realizada durante 75 años de labores incesantes por Madre Bernarda Morín. Pero tropiezo con su magnitud y extensión. Describir la fundación de 22 casas diseminadas en toda la República (…) Asilos, lazaretos, hospitales, casas de huérfanos, pensionados, escuelas, colegios, talleres, misiones de Araucanía, casas de ejercicios: ¡Qué admirable y gloriosa cadena podríamos formar, en que no sabríamos si admirar más el empuje y tenacidad de la extraordinaria fundadora, o su inteligencia y visión esclarecida!” (1929, Revista Católica, p. 12).

Han pasado 160 años y el legado de Madre Bernarda, amando y sirviendo, sigue vigente e interpelándonos. Ella dejó una Congregación recia, profundamente arraigada en Dios y fecunda en servicio carismático, haciéndose presente allí donde hay un dolor que aliviar. Su legado de amor y servicio sigue vivo y nos interpela a celebrar la vida que Dios nos regala, a contemplar la naturaleza que nos abre a la contemplación de los misterios de su amor, a servir a los empobrecidos de hoy, a responder nosotras también con audacia a la llamada vigorosa del Evangelio desde nuestro Carisma y Espiritualidad, a hacer carne nuestra fe.

Lo que Madre Bernarda pensaba e imaginaba surgía de su profunda fe, la que una y otra vez ponía de manifiesto en sus escritos. Dicho en sus palabras: “La fe nos hace partícipes de las gracias de Jesucristo, nos muestra que Jesús encarnado es a quien debemos imitar y que el Evangelio nos muestra lo que hay que practicar” (Circular 5, p.17).

Eso justamente es lo que queremos; mirar reflexivamente, con cariño y gratitud nuestra historia y el ejemplo de nuestra querida fundadora en Chile, para mantener vivo el fuego ardiente de la caridad, que nos urge a descubrir hoy, dónde ser el rostro humano de la Providencia.

Les invito a mirar creativamente el presente y a construir en oración el futuro, escuchando a Dios que nos habla en los pobres de hoy, en los acontecimientos diarios y en la historia que nos marca grandes desafíos, para ser fieles al llamado del Señor, con la esperanza de ir haciendo camino para que otras personas puedan hacer vida este Carisma y Espiritualidad, que a nosotras un día nos cautivó.

Así como Madre Bernarda amó a María, Madre de Dolores,y caminó junto a ella durante toda su vida, sintiendo en todo momento su ternura de Madre. Nosotras queremos como hijas amadas, continuar la ruta hacia Dios misericordioso desde el servicio solidario y la caridad compasiva, para y con nuestros  hermanos y hermanas que buscan la vida buena y abundante prometida por Jesús.

Queridas hermanas, amigas y amigos todos, agradeciendo el regalo de la Providencia en nuestras vidas, nuestra Congregación, nuestra Iglesia y nuestra Patria, les abrazo con gozo y cariño, que Dios les bendiga siempre.

Ana Teresa Araya (SP)
Superiora Provincial