Realizado en la conmemoración de los 160 añossaludo
de presencia de las Hermanas de la Providencia en Chile.

 La Providencia de Dios es para mí el amanecer,
el atardecer y es también mi hogar”
 

Autoridades religiosas y civiles, hermanas de la Providencia, Asociados Providencia, familiares, personal de cada una de nuestras obras en Chile y Argentina, sacerdotes, religiosas, amigas y amigos que hoy nos acompañan; tengan ustedes muy buenas tardes y sean bienvenidos.

Hoy hacemos nuestras las palabras del salmista: “Demos gracias a Dios porque es bueno, porque es eterno su amor” (Sal. 116). Esta es la alabanza que brota de lo más profundo del corazón, al conmemorarse 160 años de la Congregación en Chile.La Providencia de Dios ha velado sobre nuestras vidas a través de la historia, siendo un signo de esperanza y de confianza en un Dios Padre que vela permanentemente por sus hijos.

Celebrar un aniversario, es contemplar el pasado que nos ha conducido hasta hoy y nos abre a grandes posibilidades para el mañana.

Hoy estamos de fiesta,  porque celebramos la vida desde donde Nuestro Señor nos ha llamado a ser su rostro misericordioso y compasivo en cada uno de los lugares y realidades en que nos corresponde estar; desde una acción profética que quiere compartir este  gozo,  y con una clara opción por quienes  se encuentran marginados, empobrecidos e invisibilizados, sin poder vivir la vida buena y abundante que Jesús nos promete.         

Para todos los hijos de la Providencia, la compasión y  misericordia de Dios se hacen patente en Jesucristo, en su carne, en su historia, en lo que dijo y en lo que hizo. Su humanidad se transforma en buena nueva que glorifica toda la humanidad, pues en Él, Dios se ha hecho carne e historia humana. Dios Providente acompaña nuestros dolores, y anima en las dificultades, ¡y cuántos dolores y dificultades no hemos tenido! Pero también  se goza con nuestras alegrías y sigue resucitando en nuestros gestos de vida, como la Acción de Gracias que hacemos hoy…Dios se ha hecho carne y habita entre nosotros.

Una conmemoración como esta hace brotar espontáneamente el gozo y la gratitud, nos hace mirar nuestra historia con humildad y deseos de aprender de quienes nos precedieron;  pero también es motivo para mirar el presente creativamente, soñando las formas en que hoy podamos ser fiel al llamado de Dios, con la esperanza de ir haciendo camino para que otras y otros luego puedan mantener este tesoro inmenso que hemos recibido y que portamos en vasijas de barro (cf. 2 Co. 4, 7).

Nuestra vida se hace oración, nuestros recuerdos letanía sagrada y nuestra  historia  como  Provincia,  un salmo,  que  tiene  como  centro  el amor providente de Dios.

Queremos dar gracias a Dios, porque este llamado que hemos recibido, ha sido fecundado por quienes se han comprometido con el Carisma Providencia, creyendo y dando testimonio de ello, no como algo abstracto, sino como el soplo del Espíritu actuando en cada lugar y en cada momento (cf. Alessandri, 1975, p. 52)

Como nos es imposible enumerar a todas aquellas personas que han construido esta gran obra de Dios para la Iglesia, nos permitimos honrarles, haciendo memoria de quien fuera el instrumento privilegiado de la Providencia en nuestra historia, nuestra fundadora en Chile, madre Bernarda Morín Rouleau.

Madre Bernarda sigue viva en medio nuestro. Su obra y su legado permanecen 160 años después que esta joven  novicia canadiense llegara junto a sus compañeras el 17 de junio de 1853 a las costas de Valparaíso y lo que se presentaba aparentemente como una serie de hechos azarosos y poco afortunados, vistos desde la fe, formaron parte del  más bello desafío que permitió encarnar en estas tierras el Carisma de la Providencia en la Iglesia y en la sociedad chilena.

Madre Bernarda Morín, se  mantuvo fiel a su congregación de origen y al mismo tiempo,  supo escuchar la llamada de Dios Providente, presente  en los rostros de los más pobres entre los pobres en esta parte del mundo. Con coraje, sabiduría y un amor sin límites, hizo crecer la obra de Dios, primero con su atención y cuidado a los niños huérfanos de aquella época y  luego otros servicios demandados por las circunstancias,  como por ejemplo, hospitales de sangre en la revolución de 1859,  en la guerra del Pacifico en 1879 y  en la guerra civil de  1891.

 A través del tiempo surgieron nuevas necesidades como:

  • Asilos de ancianas  en Santiago, Valparaíso, La Serena, Llolleo. 
  • Servicios de hospitales en Vicuña, Ovalle, Limache, Santiago, Schwager.
  • Casas de Ejercicios Espirituales en La Serena, Valparaíso, Santiago.
  • Servicios pastorales en parroquias: Tocopilla, Antofagasta, Vicuña, Santiago y en la Patagonia Argentina, en las localidades de  Comodoro Rivadavia y Caleta Olivia, así como un colegio primario y técnico que se mantuvo por más de 25 años en Buenos Aires. 
  • Y esporádicamente servicio pastoral  carcelario.

Como la sociedad chilena ha ido evolucionando, hoy se mantienen hogares de niños vulnerables, equivalentes a los antiguos asilos y otros de ellos se convirtieron en colegios que imparten educación pre-básica, básica,  media técnica y científica, con el fin de formar jóvenes que con calidad evangelizadora y con el sello Providencia, puedan colaborar en la construcción de un Chile más justo y solidario.

A ello se han sumado otros servicios para aliviar el sufrimiento humano, como el Comedor Emilia Gamelin, en el que a hermanos que viven en situación de calle, se les da almuerzo, acogida y atención en sus necesidades materiales, junto a una evangelización que los ayude en su dignidad de personas.

La fecundidad amorosa de Madre Bernarda, que permitió estas presencias a lo largo de la historia,  le valió el reconocimiento en 1925 de  la Medalla al Mérito, la más alta condecoración del país a un extranjero por la excelencia de los servicios prestados,  la que le fue otorgada por el entonces Presidente de la República de Chile, Don Arturo Alessandri Palma.

El Viernes 4 de Octubre de 1929, a la edad de 96 años, Madre Bernarda parte a la Casa del Padre en medio de una multitudinaria despedida, como bien consignó la prensa de esa época: “Dios ensalza a los humildes, porque fue una insigne mujer, de un gran corazón, la benefactora de un pueblo, la madre de los huérfanos, la bondad personificada, la caridad hecha mujer.”

Su fe inquebrantable en la Providencia, el anuncio del Evangelio y el servicio a sus hermanas y  hermanos,  la impulsó a trabajar con audacia y creatividad como una respuesta a su experiencia de Dios. Por lo mismo, Madre Bernarda en sus escritos nos hacía notar una y otra vez la importancia de la fe, pues  dicho en sus palabras: “La fe nos hace participes de las gracias de Jesucristo, nos muestra que Jesús encarnado es a quien debemos imitar y que el Evangelio nos muestra lo que hay que practicar” (Circular 5, p. 17).

Nuestra acción de gracias por los 160 años de presencia en Chile, se enmarca providencialmente en el año de la fe que como Iglesia Católica vivenciamos; por esto los quiero invitar a que reflexionemos en estas palabras: Estamos llamados a vivir en la fe, porque nuestra fe es respuesta confiada a la llamada de Dios Providente, porque hemos experimentado su amor en nuestras vidas y en nuestros procesos personales y comunitarios. Tener fe en la Providencia es tener fe en el amor del Padre, que conduce nuestra vida con un amor infinito (Alessandri, 1969, p 23).

La fe en la Providencia es dinámica, nos moviliza y nos impulsa a correr riesgos, a agradecer el regalo de la existencia que abriéndonos a lo nuevo, a lo bello, a lo grande, a los desafíos que trae la vida de todos los días, nos hace comprometernos evangélicamente con los vulnerables de  hoy.

Quisiera también invitarles a motivarnos con el ejemplo de quienes construyeron nuestra historia, respondiendo a la llamada de la Providencia desde sus contextos y los desafíos que en su momento les correspondió asumir. Nosotras, Hermanas de la Providencia, hoy queremos responder con sencillez, renovada fe, esperanza y alegría, aprendiendo de las enseñanzas del pasado, pero ciertas de que el llamado a proclamar la Providencia amorosa de Dios, lo tenemos que hacer proféticamente de cara al presente, construyendo, como quienes nos antecedieron, un futuro más liberador y más humano.

En este aniversario, sentimos una vez más el anhelo de:

  • Abrir las ventanas, para dejar entrar la luz de la Palabra de Dios, para acoger con fe, audacia y amor su llamado renovador y hacer presente en este momento de la historia el Carisma Providencia, proclamando la ternura de un Dios que es Padre.
  • Abrir las ventanas, para contemplar el mundo de los pobres y necesitados haciendo vida la herencia de nuestras fundadoras Emilia y Bernarda.
  • Abrir las ventanas, para contemplar y cuidar la Creación, gozar de su armonía y de nuestra interrelación con ella en un mundo en evolución, proclamando con fe y amor ¡Señor, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
  • Abrir las ventanas, para escuchar e interpretar los signos de los tiempos que nos cuestionan e interpelan a buscar nuevos caminos de evangelización.
  • Abrir las ventanas, para proclamar con testimonios de vida, nuestra confianza en la Providencia de Dios, en su  ternura de Padre y en el amor maternal de María Madre de Dolores, con nuestra solidaridad compasiva con el mundo de los pobres.

Los hechos de la vida van haciendo la historia y en ella van involucrándose personas que con la entrega de lo más bello de su ser,  hacen posibles los sueños para quienes quieren también soñar.

Al terminar mi saludo, los animo a que acojamos como regalo las palabras de nuestra querida y recordada Madre Bernarda a sus hijas, las Hermanas de la Providencia: “Mientras viva las amaré sinceramente. Después de mis días el recuerdo de ustedes me seguirá donde esté. Les ruego muéstrense siempre fuertes y esforzadas en el camino del bien y la virtud […] Tengan fe y confianza en la Divina Providencia; suceda lo que suceda tenemos a Dios y con Dios lo tenemos todo.” (Circular 23, pp.98-99)

Que en este camino nos anime María, Madre de Dolores, Patrona de nuestra Congregación e hija predilecta de la Providencia, que con su Magnificat, cantó a Dios presente en la historia de su pueblo y nos dejó el más hermoso testimonio de fe y de amor.

Ayudemos entonces, para que cada amanecer nos dé nuevos gestos de ternura, de compasión, de solidaridad y de perdón, haciendo crecer la vida donde la Providencia nos envía.

Muchas gracias y que Dios les bendiga,

Hna. Ana Teresa Araya

Superiora Provincial