Por Juan Carlos Bussenius, coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia.

En estos días de grandes conflictos, agitaciones sociales, marchas, protestas, violencia, muerte y, sin embargo, también esperanzas (porque no podíamos seguir tapando tanta desigualdad e injusticias), volvemos la mirada a Madre Bernarda Morin, a quien también le tocó vivir momentos complejos en nuestro país.

El 2 de mayo de 1925, en una carta a la Madre Antonieta, expresaba Madre Bernarda: “Hace varios meses que el gobierno de Chile está en revolución (…). La época es difícil, sin embargo, esperamos con la protección de la Santísima Virgen María (…) el restablecimiento de la paz”. Sabemos que una característica de Madre Bernarda era su sentido de experiencia de Dios en medio de los conflictos y dificultades que le tocó vivir. Ella logró escuchar la voz del Señor en medio de los sufrimientos y tristezas. Logró tener claridad a través de la meditación del evangelio y de la oración, como leemos en sus cartas. Tuvo esa mirada profunda que traspasó las oscuridades del momento, don tan valioso para tiempos revueltos, y supo discernir en tiempos de crisis.

Tratamos de recoger esa mirada pascual de Madre Bernarda, que transita de la muerte a la vida, para proponer algunos criterios en nuestras familias, comunidades, obras y trabajos, entre otros ambientes y contextos. Criterios que nos pueden ayudar en estos momentos. Son simples semillas en tiempos áridos, pero que pueden fructificar en nuestra sufrida tierra personal y social. Los hombres y mujeres de fe podemos ayudar a mirar más allá de los hechos que estamos viviendo, para vislumbrar cómo la Providencia nos muestra señales en medio de estos turbulentos días.

Hemos vivido un destape social, producto de muchas realidades injustas que estábamos acumulando. Salió todo, la cizaña y el trigo, como nos dice el evangelio. Una tentación es ocultar todo por el miedo, demonizar a los que piensan contrario a nosotros o desear ingenuamente que “todo va a pasar”. Si hacemos esto, lo más probable es que suceda el efecto contrario. Hay que aprender a canalizar los desbordes y no detenerlos, ya que igual saldrán y, seguramente, con más fuerza. Hay que considerar que pueden existir visiones distintas. Nuestra actitud es moderar, dejando que las distintas miradas se expongan, procurando no generar divisiones. Podemos pensar distinto, pero quien lo hace no es mi enemigo. En este país cabemos todos. Obviamente yo puedo tener mi opinión, pero no la puedo imponer. Los cristianos tenemos vocación de paz, lo que significa aceptar al que piensa diferente. Importante en nuestras familias, comunidades, obras, etc.

Es increíble cómo en estos días hemos logrado expresarnos y ver el rostro de nuestro vecino. ¡Estábamos tan individualistas! Las multitudinarias concentraciones y marchas son un reflejo de sentirnos comunidad, país. No desperdiciemos las ocasiones para saludar y, si se da, conversar y llamar al que sabemos que está con dificultad. Juntarnos para charlar y escucharnos, facilitando conversaciones positivas. Dar espacios para el desahogo. Lo que no se expresa, enferma, y lo que no se comparte, te aísla y victimiza. Un abrazo, un pequeño regalo, una palabra de afecto es importante siempre, pero especialmente en tiempos de crisis. Tengamos en cuenta que muchos hemos revivido temores y nos sentimos frágiles. Entregar afecto es hacer presente a la Providencia.

Hemos sido testigos y a veces protagonistas de tantas situaciones y frases ingeniosas en estos complejos días. El humor nos salva, siempre que sea sano y positivo. Nos reímos de las desgracias para exorcizar la pena. Esto no es un detalle, es salud mental. Cultivemos la alegría en tiempos de tristeza, con vocación de bienaventuranza. La música y el arte nos sirven para despejar el cuerpo y el alma. Para conciliar el sueño en estas noches violentas.

A nivel social, si no hay reformas claras y pertinentes, el río de las justas demandas aumenta cada vez más, desbordado con toda la basura que trae, que destruye todo; es cosa de ver el centro de nuestra capital. Sin embargo, también podemos llevarlo a nuestros ámbitos. Las soluciones no sólo vendrán del gobierno o de “otros”. Sería interesante preguntarnos: ¿Qué podemos hacer desde nuestros ámbitos para crecer en justicia e igualdad? A nivel personal, podríamos preguntarnos: ¿Qué necesito decir, expresar o realizar en estos tiempos? ¿Cómo ayudarnos a manejar la frustración, el miedo y la rabia?

La Madre Bernarda comprendió en su época que los niños huérfanos o abandonados no eran “fruto del vicio o del pecado”, sino expresión injusta de una estructura socio-económica de la sociedad (Positio, c.1). Su lúcida mirada nos sigue desafiando para los revueltos tiempos actuales. Tengamos esa audacia frente a todo lo que acontece. Cuidémonos también, como semillas en tiempos áridos, para ser los protagonistas que la Providencia hoy nos urge.

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Fuente imagen de cabecera: Fotografía por Lubo Minar en Unsplash.