Por Juan Carlos Bussenius, Coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

“El precepto de amar a Dios va unido al segundo de
amar al prójimo en proporción en que se ama a Dios”.

Madre Bernarda Morin

La fragilidad, la desgracia y las caídas nos rondan permanentemente. Es condición de toda persona. Nadie desea tener fracasos, pero la realidad es así. La vida lo recuerda dramáticamente muchas veces. Todos nos equivocamos y cometemos errores en algún momento, seamos responsables o no y esto es obvio.  Lo que no es tanto, es la reacción que podemos tener nosotros y los que nos rodean.  Esta situación, nos ubica en el misterio de las relaciones humanas desde la fe en la luz y en la sombra.

El libro de Job se ubica en la problemática del dolor del inocente, pero es llamativa la reacción de los que están con él: sus amigos. Job es el arquetipo del que tiene todo y lo pierde todo. En medio de esta realidad sus tres amigos se enteran de la desgracia y deciden consolarlo. Una postura naturalmente muy buena, sin embargo, los razonamientos y la manera de ayudarlo no pareció ser la más adecuada. Sus amigos cuando lo ven llorar se sientan con él siete días en silencio (bello símbolo), hasta que Job habla, y tratan de encontrar razones de su situación. Ellos lo cuestionan y le argumentan con largos discursos, pero más allá de las intenciones teológicas del autor del libro, quizá hubiera bastando que Job sintiera la solidaridad de sus amigos y nada más, y dejar que se desahogara.

Sin mala intención muchas veces, deseamos hablar y contra argumentar frente al dolor, ya que a nosotros mismos nos resulta muy duro enfrentarlo, pero esta es una actitud de defensa del ego, que queda entrampado solo en la cabeza.  Se trata de hacer fluir los afectos y no las razones, al menos en las primeras etapas. También hay que tener cuidado con “espiritualizarlo tanto”, ya que se nos puede olvidar que somos humanos y que si no se llora y se expresa libremente, a veces incluso escandalosamente, será una carga lacerante y permanente en la psique y en el alma.  C. S. Lewis vivió esta realidad. Escribió primero un libro sobre el dolor, muy interesante, pero muy desde la teoría. Después de vivir una gran tragedia escribió otro, titulado “Una pena observada”. Ahí dejó que el corazón se explayara y pudiera encontrar la sanación de su dolor enfrentando sus luchas contra él mismo y con Dios.

Los amigos de Job pueden actuar desde su amor a Dios, pero se olvidan que ese misterio tiene que partir de su amor (caridad) a Job. Esto es lo que expresa Madre Bernarda con la frase que encabeza este artículo. Dios se ubica también en la humanidad de los que lo siguen, sobre todo cuando están en desgracia. Esta es la vocación de Jesús, hombre y Dios. Supo conquistar a los mal vistos de su tiempo desde el respeto y acogida misericordiosa. Su actitud nunca fue de condenación sino de acompañamiento a los que estaban destruidos. Procesos que fueron semilla de arrepentimiento y, por lo tanto, de conversión.

Si Job cayó en desgracia es porque “pecó”; es culpable, piensan sus amigos. Luego, comienzan a curiosear en la vida de Job, entran en su intimidad y especulan sobre el origen de su fracaso y ruina. El dicho lo comprueba: “del árbol caído, todos hacen leña”. Actitud muy de nuestros tiempos. Se ventila livianamente la situación de la persona afligida a nivel de comentarios (pelambres) que destruyen al afectado. Otro modo en que actúa lo sombrío que tiene mucho también de proyección; él peca, no nosotros, por lo tanto, “somos superiores”. Esto lo vivimos como familia y como iglesia.

La actitud de Job es defenderse. Su angustia es normal, es una muestra de humanidad. Declara su inocencia. Les expresa a sus amigos que la consolación que muestran es sin caridad. Les falta sabiduría, carecen de humanidad. Saben quizás mucho pero no del corazón. No se colocan en su lugar. Hay que unir el amor a Dios y al prójimo, como decía anteriormente, a propósito de Madre Bernarda.

El único que ha permanecido con Job es Dios. Nuestra misión no es ser investigadores privados, sino despejar el camino para encontrarse con el mediador, Cristo. La misericordia es la que invita a ponerse de pie, más allá de si somos culpables o no.  La caridad comienza donde termina la justicia, como decía el Padre Hurtado.

El libro de Job termina con la devolución y la duplicación de sus bienes, con una vida de ciento cuarenta años. Símbolos de la recuperación de la honra del que fue deshonrado. Incluso puede interceder por sus amigos y salvarlos. Job caminó, no sin dolor y a pesar de sus “amigos”, se develó finalmente el Dios Providente, fiel y compasivo. Solo desde ahí mana la vida y la fe verdadera.