Por Juan Carlos Bussenius, Coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

A pesar del descrédito de las encuestas –al menos en Chile- si preguntáramos sobre los niveles de cansancio, lo más probable es que tendríamos una alta cifra, sobre todo al finalizar el año. ¡Los chilenos estamos cansados de los políticos, de los tacos, de los hospitales, del trabajo, del metro en hora punta, del calor o del frío, de sí mismos…! Una larga lista que se nos nota en el cuerpo y en el alma. Podemos decir con Pablo Neruda: “Sucede que me canso de ser hombre”.  Sin embargo, esto es una condición de nuestra actual sociedad occidental. Byung- Chul Han, uno de los filósofos más interesantes de nuestra época, se hizo famoso con su libro “La sociedad del cansancio”. Expresa: “el exceso del aumento del rendimiento provoca el infarto del alma”. El sistema neoliberal actual nos lleva al agotamiento por las vías de la competencia y el narcicismo que desemboca en exitismo patológico, depresión y cáncer, finalmente.  Esta cruda realidad ha parasitado nuestra sociedad y el primer síntoma vital es el cansancio.

Paradojalmente, el agobio nos puede llevar a reconsiderar las expectativas que tenemos en la vida y con Dios. Se trata, con realismo, poder discernir nuestros diversos cansancios y exigencias de nuestra sociedad, para encontrar quienes somos y develar lo que siempre trata de enfermarnos. Actitud tan propia de la espiritualidad Providencia que hace una pausa para examinar los pasos de nuestro andar, y desde ahí visualizar las decisiones que tenemos que hacer. El cansancio es un “catalizador” que lleva muerte, pero también vida.

Tenemos que detenernos, por lo tanto, para reflexionar y vivenciar el cansancio y las exigencias como intentos equívocos de búsquedas sanadoras. No se trata por supuesto, de indicar recetas o soluciones fáciles a realidades muy complejas, o sencillamente seguir tomando fármacos para dormir y responder en la vida (somos un país que tiene altas cifras de consumo de ansiolíticos y calmantes), pero que van minando el cuerpo y el alma. Se trata de comenzar a preguntarme: ¿Qué exigencias me cansan? ¿De qué me doy cuenta? Los “buenos” también se cansan (como es otro título de un libro de un psiquiatra argentino) para hacerme consciente del agotamiento principal. El papa Pío XII decía: “No tengo miedo a la acción de los malos sino al cansancio de los buenos”. Sin ánimo de generalizar, resulta preocupante la salud mental de los consagrados y personal laico de nuestros colegios, movimientos y parroquias; no estamos al margen de la realidad. Tenemos que distinguir, no en los síntomas sino en su etiología (causas, origen) y en el orden que aparecen: desgaste profesional, estrés laboral, tedio laboral, cansancio por compasión, crisis vitales, etc.

Sabemos que existe un cansancio normal y bueno que resulta de nuestro aporte por construir el Reino en el trabajo y la familia, pero aquí nos referimos al “malo”: el irresponsable que resulta de las exigencias y situaciones inhumanas. Por lo tanto, volvemos al cansancio que despierta la conciencia de un Dios Providente que nos dice: “aquí tengo que revisar y tomar decisiones”. Puede ser el comienzo de una transformación interior. Una oportunidad para pensar que es lo verdaderamente importante, mis expectativas y lo que deseo expresar con mi existencia. Me pregunto: ¿Cansancio de qué me quieres salvar? ¿Qué me quieres decir desde el desorden de mi cansancio del ego? En la medida que nos contactemos con esa fragilidad se puede convertir, y entonces, como dice A. Grün: “el cansancio se convertirá en un lugar de una profunda experiencia espiritual, el espacio en que se puede sentir la paz interior, y se reconocerá lo que se debe hacer ahora”.

Podemos decir que la Madre Bernarda -y tantos que se entregan por el Reino- ciertamente que se cansaba, pero renovaba energías desde la fe amante en Jesús. Por eso ella decía: “felices fatigas que se soportan por amor a nuestro divino Esposo…”. Es entrega, pero sobre todo, hoy habría que añadir “responsable”, dada nuestra sociedad. Autocuidado que nos lleva a una actitud contemplativa. A una oración creativa y, por lo tanto, sanadora. Buscando al niño o niña interior que siempre llevamos y que nos regala energía transformadora, ya que orienta la ruta que ha desandado el cansancio. La infancia es la cuna de la creatividad y al acercarnos a ella nos contactamos con lo más profundo que nos puede salvar. No es casualidad que comencemos a invocar en esta fecha al Niño Jesús, sin duda que aquí hay una reserva que puede sanar a nuestra adultez cansada.


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