Por Juan Carlos Bussenius, Coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

¿En qué ventana me quedé, mirando el tiempo sepultado?   ¿O lo que miro desde lejos   es lo que no he vivido aún? Esta es una pregunta que surge de Neruda, en su libro de Las Preguntas. Parafraseando, podríamos preguntarnos: ¿Qué me ha pasado últimamente? ¿Para dónde van mis pasos en estos días previos a Semana Santa?  ¿En qué estoy? Una actitud de discernimiento que sabemos que la Madre Bernarda Morin les insistía permanentemente a sus hermanas, como se expresa en sus Cartas Circulares.  Y aquí surgen un barullo enorme, nuestra vida que se despliega por los surcos del dolor y de la esperanza, por las sombras y las luces que nos guían y muchas veces nos estrellan en este agitado marzo.

Pasado el tiempo de verano regresamos a nuestra vida cotidiana, y como dice Serrat en la famosa canción La fiesta: “Y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”. Y ya comenzamos la vorágine, pero también contentas y contentos con el doble aniversario de los 175 años de fundación de la Congregación y los 165 años de la llegada de la Madre Bernarda y sus compañeras a nuestro país.

¿Qué van discutiendo por el camino? Les pregunta Jesús a dos hombres que van desanimados y tristes hacia un pueblito llamado Emaús.  Estos peregrinos van con penas muy grandes y totalmente metidos en ellas. Seguramente se desahogaban, pero no creo tanto que se escucharan. Es la necesidad tan humana de tener a alguien a quien contar lo que me sucede. Más, si sentimos que es alguien acogedor, lleno de paz. Entonces va a surgir a borbotones lo que se está adentro. Debemos tener vocación sobre todo de escuchar, algo que hoy se ha perdido entre tanto ruido alrededor nuestro. En estos días, tratemos de tener conversaciones tranquilas; hablar y atender con paz. La oración también es un espacio de escuchar; en el silencio detecto la palabra del Señor.

Es importante, eso sí, detenernos, sentir que estamos en tierra sagrada, como Moisés cuando se encuentra misteriosamente con Dios en la zarza ardiendo. Esta tierra es nuestra vida, lo más preciado y delicado. No dejemos nada afuera. A Él nos confiamos, ya que detenemos nuestra loca carrera de todos los días, para sosegarnos, y mirar hacia atrás. No se trata de hacer algo exhaustivo sino algo simple pero importante. Orar con los acontecimientos que nos han marcado el último tiempo. ¿Cuáles han sido esos capítulos? ¿Qué nombre les coloco? ¿Qué rostros surgen? ¿Qué sentimientos me afloran? Le entrego al Señor este caminar de mi vida, le entrego los estremecimientos que me surgen… Dejemos que toque mi cuerpo, que lo toque a Él, que sienta su rostro que me mira y me escucha con todo el corazón. También puede ser una entrega en silencio con una postura corporal que ayude.  Los invito a no tener temor en la oración expresando con todo mi ser (y por lo tanto con mi cuerpo) lo que siento.

Para dejar que el Señor me escuche y, sobre todo, dejar también que se exprese, debo estar en paz y en silencio. Nos hemos acostumbrado a comunicaciones sintéticas, sin cercanía real, como con los celulares y los computadores.  Se ha perdido la comunicación cercana, no tenemos tiempo o estamos siempre ocupados… Los invito a que en estos días previos a Semana Santa, para lograr una relación con el Señor, procuremos espacios de silencio para dejar que así nuestros ruidos internos se vayan y podamos sentir la presencia misteriosa de aquel que nos ilumina en la resplandor del silencio. Será una experiencia de escuchar solo al Señor a partir de nuestra propia vida. dispongámonos a callar para que aflore la voz recóndita de Dios. Esto es gratis y ayuda a la sanación del cuerpo y del alma.

Para ello, comencemos por ejercitarnos en tomarnos tiempo personal de soledad y silencio para entrar en una dinámica que posibilite ver las cosas, la realidad, los asuntos, los problemas, desde la lucidez que regala la paz exterior. En el desierto y el sigilo se aquietan las aguas del ser y, lo que antes era turbio, poco a poco se va decantando y finalmente puedes ir viendo todo con más nitidez. En el silencio se gesta y nace la palabra que acerca y une, brotando una nueva actitud de mayor humildad y sabiduría.

Así entraremos a Semana Santa con todo lo que somos, con toda la mochila del año; con deseos, sueños, desilusiones, pecados, afectos, con mi cuerpo cansado, apostolados, rostros, apegos, desapegos, heridas, etc. Porque en toda esa totalidad está Dios. Al descubrir esta actitud, sin duda que sentiremos igual que aquellos discípulos que iban a Emaús: “¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las escrituras? (Lc.24, 32). ¡Qué mejor regalo que descubrir y sentir La Providencia en estos días previos a la Semana Santa!