Por Juan Carlos Bussenius, Coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

La Madre Bernarda Morin escribe esta sentencia: “¡Amar, en adelante, será todo mi vivir!” cuando tenía 32 años, mientras hacía sus ejercicios espirituales. Ella se encontró con el misterio de Dios que se desplegó en entrega por amor durante toda su vida. Como en tantos hombres y mujeres la presencia del Señor si es verdadera hace caminar por la senda de la entrega amorosa y el servicio alegre.  Hoy en los tiempos de consumo y tanta liviandad a todo nivel nos detenemos gracias al Mes de María para dejar que nuestra alma y nuestro cuerpo se empapen del Dios Providencia y nos hagan sentir desde lo más profundo que nuestra vida solo tiene sentido si está enraizada en el amor.

La presencia de la Virgen María es la atención a su hijo Jesús, a su esposo San José y posteriormente a toda la Iglesia. Se desprende del evangelio como ella estuvo presente en la primera comunidad animando y entregando su cuidado amoroso a la Iglesia en ciernes. Por eso, ella es “Madre de la Iglesia” porque al ser Madre de Cristo, es también madre de los fieles y de los pastores de la Iglesia, que forman con Cristo un solo Cuerpo Místico.

Esta presencia que “cuida desde el amor” la tenemos todos como fundamento de Dios en nosotros. Este “sello” sabemos que se debilita e incluso se pierde entre tantas sombras actuales. De ahí, a detenernos en el silencio y en el encuentro meditativo con el mes de María para que  ilumine nuestra vocación primigenia, como el sol de esta primavera.

Que esta devoción nos ayude a fortalecer el amor como presencia de Dios Providencia que significa atracción, unión y conversión. Es decir, llamados a crecer en la entrega amorosa con aquellos que vivimos como familia, comunidad, trabajo, iglesia y país. A jugarnos por nuestras vocaciones como consagrados o laicos dispuestos a ser fieles con aquellos que amamos y que nos toca servir. Y especialmente a convertirnos desde la indolencia y la insensibilidad -sobre todo con los empobrecidos en el Chile actual- a la solidaridad amorosa, como vivencia real de la Espiritualidad Providencia.

Nuestra capacidad de amar es la expresión más clara del Señor en nosotros, sí se debilita o pierde nos enfermamos de no perdón, de no alegría, de no entrega amorosa. Estos son los tiempos –sobre todo de fin de año- de auto-cuidarnos; darnos los espacios de silencio y de apertura a Dios, como lo hacemos en el Mes de María. De construir una ética amorosa y cordial, es decir el cuidado de la ecología personal y de nuestro mundo, que desde nuestra espiritualidad hoy es tan vital. ¡La madre tierra hoy clama por nuestro cuidado!

Ojalá que podamos participar de esta devoción tan bella y de tanto sentido pero también que haga notar que algo ha cambiado en nosotros. ¡El mal espíritu puede hacer rutinaria esta oración!  No caigamos en esta tentación en este momento de nuestra vida, iglesia y país. Si es un encuentro real con Dios, su Providencia nos hará optar y refrescar nuestra capacidad de amar, como lo vivió la Madre Bernarda, Emilia y tantos hombres y mujeres que nos dicen que Dios existe porque lo vemos, lo sentimos y lo palpamos como aman. El Mes dedicado a nuestra Madre puede revitalizar esta vocación de crecer en el amor y sin duda, algo muy hermoso acontecerá.