“No hay otro oficio ni empleo que aquel que enseña
al hombre a ser un Hombre”.
El Hombre es lo que importa.
El Hombre ahí,
desnudo bajo la noche y frente al misterio,
con su tragedia a cuestas,
con su verdadera tragedia,
con su única tragedia…
la que surge, la que se alza cuando preguntamos,
cuando gritamos en el viento.
¿Quién soy yo?
Y el viento no responde… Y no responde nadie.
¿Quién es el Hombre?…
Tal vez sea Cristo…
Porque el Cristo no ha muerto…

(León Felipe)

Por Juan Carlos Bussenius, Coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

Vivimos, quizás hoy más que nunca, la experiencia de la desconfianza. ¿En quién creemos? Todo ha sido cuestionado y sufrimos estos días con los avatares de nuestra iglesia chilena, una vez más. Pareciera que el Domingo de Resurrección quedó atrás, aunque ilumine el cirio pascual en nuestras iglesias y capillas. Vivimos la cultura de la incredulidad; todo se discute. Por esto, cuando vislumbramos al Señor, decimos como los Apóstoles de Emaús: “Quédate con nosotros, ya que está cayendo la tarde y se termina el día” (Lc.24, 29).

Pero hoy hasta de Dios podemos desconfiar. ¿Pero qué Dios? Hay que tener cuidado con un dios (con minúscula) que surge de nuestras heridas que configuran a veces un fetiche, un “ídolo” surgido de los golpes que me ha dado la vida. Como el pueblo en el Éxodo, que frente a la experiencia de un Dios que los hace ser pacientes y crecer en el esfuerzo, se hacen un ídolo entonces que los lleva a la impaciencia, a la respuesta fácil. En el caminar de nuestra vida, creemos que Dios está con nosotros, pero también puede ser un reflejo de mis heridas afectivas, psicológicas o morales, que me hacen escuchar a un dios que no es Dios, como dice el P. Carlos Cabarrús.

Regresando a los discípulos de Emaús, ellos sienten que están al lado de una persona que les inspira confianza. Pero, ¿quién era ese hombre y por qué les inspira esa confianza que les ha llevado a contarle lo que les ha sucedido? ¿A qué Jesús le estamos orando en esta etapa de nuestras vidas y en estos momentos que vivimos? No es nada fácil, yo también me uno a este dios que a veces fabrico y que me ahoga al Dios de Jesús. En el desierto hay que estar muy atento a los espejismos. La oscuridad de nuestros dolores nos puede llevar a otras presencias que creemos divinas, pero que son encandilamientos sólo de mis tristezas. Creemos que el Salvador nos habla, pero son mensajes de nuestras máscaras que mutilan nuestra personalidad y no dejan espacio para el Dios de Jesucristo.

En el misterio de Dios, entramos también en nuestra complejidad humana. Somos como una “cebolla” con infinitas capas. Entrar en el misterio de la persona humana es infinito, es vaciar el mar con las manos.

Hoy tenemos que reiniciar un camino en que cada uno se pregunte por su propia imagen del Señor; que se atreva a encontrarse y reconocerlo como lo hicieron esos peregrinos que iban a Emaús. Si hoy no encuentro a Jesus vitalmente, puede ser porque tengo tantas heridas no sanadas, y desde esa situación trato de buscar a Dios, pero me encuentro solo con el espejo de mis daños. Las heridas psicológicas y afectivas, no tratadas, me obscurecen y distorsionan la voz de Jesús. Y curiosamente cuanto más rezo, más quedo entrampado en los perjuicios de mi psiquis averiada. Cuando el Señor se encontraba con los enfermos en el evangelio, la sanación física no era lo central, sino paradojalmente, la aceptación, el perdón de sí mismo y la toma de conciencia de su propia dignidad, al volver a sentirse como personas con capacidad nuevamente de amarse y de amar, aunque hayan sucedidos muchos horrores y espantos. Esa sanación les hacía escuchar la voz y la presencia auténtica de Jesús.

Por tanto, siempre tenemos que ir depurando el rostro “verdadero” de Jesús y a los ídolos que manipulan su presencia. Atrevernos a modificar nuestra imagen de Jesús al profundizar con Él; atrevernos a trabajar por la sanación de mis heridas interiores.

Pero, ¿cuál es el Dios que vivió Jesús? ¿Qué descubrieron esos discípulos que iban a Emaús? Con el P. Cabarrus, podemos decir que el Dios de Jesús es el Dios de la alegre misericordia, como lo encontramos en el Hijo Pródigo (Lc. 15, 11 –22).  El Dios de Jesús es el Dios del amor incondicional que nos quiere por lo que somos y no por lo que hacemos. El Dios de Jesús es el Dios de la gratuidad. El Dios de Jesús es el Dios del Reino, es decir, de un proyecto histórico suyo para con la humanidad. El Dios de Jesús es el Dios que se experimenta, es decir, se le conoce y se le comprende desde la experiencia y el encuentro con Jesús, y no tanto desde el conocimiento (Jn. 14, 8 – 9).  El Dios de Jesús es el Dios de la libertad (Gal. 5,5) y la confianza, que apuesta por nuestra libertad y nos insta a ser libres (Jn. 8, 31 – 36).  El Dios de Jesús es el Dios Pascual, nos enseña algo radicalmente nuevo: que si el grano de trigo no muere no da fruto (Jn. 12, 23 – 24).  El Dios de Jesús es el Dios encarnado, “en-tierrado”, que escoge lo débil, lo pobre, lo pequeño como primer canal de revelación: la encarnación antes que todo (Jn. 1, 14). El Dios de Jesús es el Dios de la esperanza, es quien provoca en nosotros la capacidad de creer y de esperar, que hace posible que seamos porfiados para creer que “otro mundo es posible”.

A lo mejor toda mi vida he estado con alguien que creía “Dios”, pero me doy cuenta que no lo era. Las madres Emilia, Bernarda y Joseph se entregaron absolutamente por el Reino como sabemos, pero también clarificaban en la oración permanentemente su entrega, surgiendo un estilo de vida que revelaba a Jesucristo. Así, Dios desplegó con ellas su voluntad Providente.

Tenemos que trabajar siempre nuestro corazón en la oración, en el acompañamiento espiritual o, a veces, también psicológico, y en la formación permanente, para que podamos discernir siempre dónde está el Señor y nos muestre su verdadero rostro para estos movidos tiempos.

16 de abril de 2018.