Por Juan Carlos Bussenius, coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

Hace un tiempo, estuve dando un retiro en una casa que tienen unas religiosas en Linderos. En esos hermosos jardines, sobresale un cedro del Líbano que tiene mas de 300 años. No lo puede abrazar una sola persona, sino unas cuatro o cinco. Es enorme, frondoso y mira desafiante con sus ramas al cielo. Por él ha pasado la historia de Chile y toda la vida de nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. Observarlo con esa fuerza y entereza desafió enormemente mi pequeña y frágil vida, con mis ingenuas presunciones de fortaleza. A su lado, me vi débil y creatura.

Es normal que deseemos ser poderosos. Que nos miren y reconozcan quienes somos y lo que hacemos. Mostrarnos fuertes y vigorosos. Esto es instintivo, pero ha sostenido una ideología patriarcal que concibe que la fuerza masculina es la que domina y manda. El relato de la Torre de Babel siempre asalta nuestra conciencia, sobre todo hoy día con los impresionantes adelantos materiales que vivimos en múltiples campos, encandilando el cuerpo y el alma, creyendo una vez más que la omnipotencia, con el sello de competitividad, exitismo e individualismo de esta sociedad de mercado, es el núcleo más vital de nuestro ser. Por eso, estamos desgarrados muchas veces, y nos enfermamos, en este desigual esfuerzo de ser poderosos, dejando de lado nuestra fragilidad. Los medios nos encandilan con un arquetipo juvenil, que es solo asunto de mercado.

Hay que tener abiertos los ojos del alma para que las variadas crisis que estamos viviendo nos lleven a una mayor consciencia espiritual y moral. Esperamos que la crisis eclesial haga surgir una conciencia más frágil, pero más humana, y por eso mismo más cercana a Jesús, pobre y pequeño. Urge discernir nuestros fracasos porque la paradoja es: “cuando me siento débil, entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor. 12, 10). Es la sanación madura de los conflictos a nivel personal y también institucional. Solo así se desplazan los egos y podemos escuchar honesta y verdaderamente a la Providencia.

El 2 de abril de 1851, la Madre Gamelin nos indica que su retiro ha comenzado en “medio de la indiferencia, frialdad y hastío”; se siente desolada (Robillard 1991. Emilie Tavernier Gamelin. Santiago de Chile: Méridien). Sin embargo, su confianza en la misericordia de Dios estaban incólumes y logra percibir –no sin dolor-, los motivos profundos de su desolación. Ella es consciente de que su debilidad la iluminó y la hizo crecer.

A mi juicio, la regla inicial de San Vicente de Paul, con sus virtudes de humildad, simplicidad y caridad, son un sendero pascual que solo se autentifica y encarna cuando se es consciente de la fragilidad en la cual se vive y vivimos, como testimonio de humanidad, y por lo tanto, de divinidad.

En realidad, no es conveniente tener envidia del cedro del Líbano. Este árbol, en algún momento sucumbirá y tendrá que morir. Mejor estimo su figura que sostiene infinidad de pájaros, su savia que entrega energía y vida; y su estampa que hace reflexionar y meditar.

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Fuente imagen de cabecera: Wikipedia. Cedrus libani Palacio de Ibarra. Creative Commons Genérica de Atribución/Compartir-Igual 2.0.