Texto elaborado por el Sr. Juan Rodríguez en base a su presentación en el Panel “Contribuciones de Madre Bernarda Morin a la sociedad de su época”, realizado el 22 de agosto de 2019 en el contexto de la Muestra “Madre Bernarda en la memoria y el corazón”.

____

Desde el siglo XVIII ya se percibe en Chile que grupos de personas caritativas, y luego el gobierno, se empeñaban en recoger a los expósitos (huérfanos), instruirlos, educarlos y prepararlos para la vida en sociedad. Así, en 1821 se crea un organismo encargado de administrar los bienes que se dejaban en herencia para el Hospicio y para la casa de los niños desamparados: la Junta de Beneficencia. Con el tiempo esta obra dejaba mucho que desear, cada año se gastaba gran cantidad de recursos en mantenimiento y cuidado, pero muchos niños morían a temprana edad por falta de cuidados. Los que sobrevivían y no tenían la suerte de lograr una formación, sumaban la masa de vagabundos y mendigos por las calles de Santiago y las principales ciudades del país.

Las autoridades hacían ensayos de todo tipo para mejorar esta situación. Ante tan grave escenario, el gobierno solicita la colaboración de las Hermanas de la Caridad, pero con los años no se logra concretar tal beneficio, dado que las Hermanas de dicha Congregación no llegan a Chile (1847).

Ante la preocupación de las autoridades, que insistían ante este problema, se manifiesta la Providencia de Dios: una colonia de religiosas canadienses recala en Valparaíso (17/06/1854). Así, el arzobispo de Santiago, Mons. Valdivieso, y el ministro del interior, Antonio Varas, vieron con mucho entusiasmo a estas religiosas, que vendrían a solucionar el problema.

Un 8 de septiembre este grupo de religiosas deja Valparaíso y se encaminan a Santiago. El día 23 el ministro del interior remite a la superiora el oficio donde se le encarga a las Hermanas de la Providencia la casa de expósitos de la capital. Ya se habían instalado en calle Recoleta 500. Para el 30 de octubre de 1853, se fijó el traslado de las religiosas a su primera casa, que serviría para el cuidado de los huérfanos y su educación. Día a día llegaban los huerfanitos, les daban de comer y por las noches les lavaban sus ropas en las acequias aledañas.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, la economía chilena tuvo dos grandes ciclos expansivos ligados a la exportación de determinados productos a los mercados mundiales. En las décadas de 1850 y 1860, el crecimiento económico tuvo directa relación con la exportación de trigo, plata y cobre. Las finanzas públicas se estabilizaron y los ingresos fiscales crecieron de manera significativa por primera vez tras la Independencia; se modernizó el sistema financiero con la creación de numerosas instituciones crediticias al alero de la Ley de Bancos de 1860 y se modernizó la infraestructura productiva y de transportes del valle central chileno. El auge económico permitió al Estado financiar un amplio programa de obras públicas y educacionales. En consecuencia, con el despegue económico y el crecimiento de los centros urbanos, se instalaron en el país las primeras industrias orientadas al mercado interno. La expansión económica chilena era subsidiaria del espectacular crecimiento de las economías industriales europeas, que alcanzó su clímax a mediados de la década de 1860. Sin embargo, la detención de este primer gran ciclo expansivo de la economía mundial en 1873 inauguró un largo período de estancamiento que afectó profundamente a la economía chilena.

Tras la Guerra del Pacífico y la incorporación de las ricas regiones salitreras de Tarapacá y Antofagasta, el país conoció un nuevo ciclo de crecimiento económico, esta vez ligado a la exportación de salitre. La estructura económica adquirió una mayor complejidad, se expandieron los servicios públicos y las cuentas fiscales volvieron a estabilizarse. Los nuevos mercados de la región salitrera y de los centros urbanos en expansión dinamizaron al conjunto de la economía, creando una importante demanda por artículos industriales que en parte comenzó a ser satisfecha por productores nacionales.

Para esta época la Iglesia Católica estaba unida al Estado, el 98 % de los habitantes se consideraba católico. Aun considerando las corrientes laicas y la aprobación de las leyes laicas, referidas al matrimonio, sepelios, etc., era la iglesia católica la que entregaba ética, cultura y educación.

Desde el punto de vista de la propiedad de la tierra, esta estaba dominada por el latifundio, que empleaba al sector laboral más numeroso, con inquilinos y peones, donde la forma de vida no había sufrido mayores transformaciones desde la colonia, muy precaria, sin comodidades y acceso a la poca modernidad, donde las borracheras de fin de semana eran normales. El fundo era una pequeña nación despótica: patrón, administrador, llavero, gente de caballo o a pie y gran promiscuidad sexual entre el patrón, los patroncitos, amigos y las chinas campesinas.

A fines del siglo XIX y principios del XX se produce una decadencia del mundo rural. Entre 1891 y 1920 los obreros urbanos habían nacido en el campo y emigrados jóvenes a las ciudades. Ciudades con enormes déficits de viviendas, donde sus habitantes se hacinaban en conventillos. Esta promiscuidad era caldo de cultivo para enfermedades infecciosas como el cólera, la viruela, el tifus y la sífilis, que cobraban muchas vidas.

Muchos se iban al norte a ganar dinero y no establecerse, donde se arrimaban en campamentos muy pequeños e improvisados que no los salvaba de las inclemencias del clima de la pampa; las condiciones de salud e higiene eran muy precarias, asimismo las condiciones de trabajo. Ningún obrero (industrial, minero, portuario o agrícola) contaba con algún resguardo jurídico laboral.

Chile se acercaba al centenario caminando lentamente en relación con los países más desarrollados. El aparato de salud no dependía del Estado, sino de fundaciones particulares, generalmente de carácter religioso o de beneficencia.

Ante esta radiografía rápida, se suma una extendida prostitución, donde la mayoría eran jóvenes campesinas llegadas a Santiago que caían en manos de cafiches o eran reclutadas por señoras que dirigían un burdel.

Como señaló el Diputado Enrique Mac Iver en 1900: “Me parece que no somos felices… El presente no es satisfactorio y el porvenir aparece entre sombras que producen intranquilidad… No sería desconocer que tenemos más naves de guerra, más oficinas, más empleados…”.

Arturo Alessandri pronuncia en un discurso en 1920: “Esta situación desastrosa va cavando poco a poco un abismo de rencores entre el capitalista y el obrero… La sociedad no puede ni debe abandonar a la miseria y al infortunio a quienes entregaron los esfuerzos de su vida entera a su servicio y progreso.

Escribe el historiador Sergio Grez: “A nivel social los prohombres de la república parlamentaria no aportaron ningún ajuste substancial. La cuestión social se hallaba bien instalada en Chile y cobró nuevos desarrollos, que hacia el cambio de siglo y la época del centenario alcanzaron expresiones particularmente dramáticas, especialmente en el plano sanitario y en las represiones sangrientas de las protestas y petitorios populares…”.

Ante este escenario de la realidad de nuestro país en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX, ¿cómo no descubrir el gran regalo de la Providencia de Dios, para Chile, a través de la figura de Madre Bernarda? Arribaron a Valparaíso el 17 de junio de 1853. Lo que parecía una breve parada, tras una fallida misión, se convirtió en una fecunda presencia evangelizadora que, a lo largo de los años, fue irradiando luz y vida a miles de necesitados. Un 23 de septiembre de 1853 se instalan en Santiago, a solicitud del gobierno chileno. En 1855 llegan 12 nuevas hermanas desde Canadá. Asumen la dirección del Asilo de Valparaíso. En 1858 se funda la casa de Andacollo. Se encargan del cuidado de los pobres y abrieron una escuela externa. Les tocó vivir la Revolución de 1859 que dirigía Pedro León Gallo. El 16 de enero de 1859 ocurre la primera Profesión religiosa en Chile. En 1861 toman posesión del Asilo del Salvador, donde atendían a señoras que habían caído en la pobreza (las denominadas “pobres vergonzantes”).

Ante la crisis de la Congregación en nuestro país (el 18 de febrero de 1863 la Superiora viaja a Canadá, llevándose los fondos y los libros de cuentas), se levantan igualmente producto de la mística y el carisma de las SP. Aumentan las postulantes, que circulan en torno a Madre Bernarda, que es un ejemplo de entrega a los huérfanos, y están todas dispuestas a sufrir por ellos. En un clima de alegría, el 25 de marzo de 1865 realizan su profesión de fe 6 novicias y tomaron el hábito otras 6 postulantes.

El 1 octubre de 1872, con el Primer Capítulo Provincial chileno, la provincia contaba con 6 casas: Hogar de los huérfanos y Asilo del Salvador, en Santiago; Asilo de la Providencia y San Vicente de Paul, en Valparaíso, Concepción y La Serena; con 38 religiosas, 4 novicias y 4 postulantes.

¿Quién no ha leído la Historia de Chile de Jaime Eyzaguirre? Quizás pocos saben que él también dedicó unas palabras a Madre Bernarda y don Luis Pastén nos las recuerda en su escrito: «El historiador Jaime Eyzaguirre, al comentar la vida de Madre Bernarda, escribió: ‘…rara vez la preocupación de las biografías se ha detenido ante las grandes almas que con menos estridencia, pero con mayor eficacia, se vaciaron enteras en el servicio del prójimo desamparado, a este grupo pertenece Bernarda Morin, fundadora de la Congregación de la Providencia en Chile; gran carácter, corazón abnegado y personalidad extraordinaria que no conocía el desaliento a lo largo de una vida por lo demás azarosa y casi centenaria. A lo largo de Chile su figura se agiganta. No hay un instante de titubeos en las horas de angustia y tremenda prueba, no una flaqueza en la voluntad siempre erguida… con nobleza se desentiende de lo pequeño para volar a las grandes alturas’”.

Madre Bernarda fue una figura fuerte en la que se cimentó la Congregación en Chile, pues a lo largo de su extensa y fecunda vida, se caracterizó por su fidelidad al Carisma y a la Misión de la Congregación.

Madre Bernarda trabaja para ofrecer condiciones dignas a miles de niños y niñas confiados a las Hermanas de la Providencia a lo largo de los años. También cuidan a los heridos de la guerra en los hospitales, a las víctimas de las epidemias de tifus y otros.

Madre Bernarda funda Asilos de la Infancia, para proteger a los niños huérfanos a través del país, de Antofagasta a Temuco, y procurarles una Educación que les permitiera defenderse en la vida e integrarse en la sociedad chilena. En Chile se manifiesta un sentimiento unánime de reconocimiento a las Hermanas de la Providencia, tanto por parte de los católicos como de los liberales que buscan una separación entre la Iglesia y el Estado.

Escribe Madre Bernarda: “La necesidad de amar que juntamente con la vida de mi corazón iba desarrollándose hallaba su satisfacción y goce en Dios Nuestro Señor, centro del contento y reposo de mi alma, pues entendía que me hallaba en el mundo sólo para amar, servir y glorificar a un Dios tan bueno”.

Para comprender de mejor manera las contribuciones de Madre Bernarda a la sociedad de su época, lo grafico a través de los artículos aparecidos en el Diario “La Opinión”:

Las monjas de la Providencia

Próximamente llegarán, a Vicuña, con el fin de establecerse definitivamente, las religiosas de la Providencia de La Serena, que tendrán a su cargo el edificio que el Supremo Gobierno les ha cedido por cierto números de años.

Sabemos que, para el día de su llegada, se les prepara una gran recepción, figura un solemne Te Deum, que se cantaría en la Iglesia Parroquial.

La nueva casa de Vicuña se instalará en el edificio que ocupaba la antigua Escuela Agrícola y después la Escuela Superior, que han sido cedidos por el Supremo Gobierno.

Como es sabido, el objeto principal es la formación de Asilo para niños expósitos y huérfanos de ambos sexos: noble y abnegada misión que en todas partes hacen acreedoras a estas buenas religiosas del cariño, del respeto y de la protección de la sociedad.

Vicuña, 25 de marzo de 1906 – Historiador Hernán Herrera – Erke, pág. 245.

Se nos ha dicho también que, como es costumbre en todas las Casas de la Congregación, abrirán aquí una Escuela gratuita para niñitas externas.

Nuestro departamento ganó inmensamente con esta nueva y humanitaria fundación, y por eso estamos ciertos que el pueblo sabrá agradecer este importante servicio de beneficencia, que llenará entre nosotros uno de los fines más tiernos y abnegados de la caridad cristiana.

Diario La Opinión. Vicuña, 25 de marzo de 1906 – Historiador Hernán Herrera- Erke, pág. 246.

La reverenda madre Bernarda Morín, generala de las monjas de la Providencia y fundadora en Chile de tan benéfica obra, se encuentra en Vicuña, practicando una visita de reglamento, a la casa que tiene en esta ciudad.

La virtuosa e inteligente madre, nació en Quebec, Canadá, en 1832, arribando a nuestra patria el año 1854, desde cuya fecha ha trabajado con digno celo por difundir en nuestro suelo, el amor y la caridad al prójimo.

Al comunicar a nuestros lectores, esta noticia, tenemos el alto honor de presentar, a la reverenda Madre Bernarda, nuestros mas humildes respetos, y hacemos los mas sinceros votos porque Dios Nuestro Señor la conserve con salud por muchos años.

Erque, Elqui, Vicuña. Anales de su historia – La Opinión, Vicuña, 24 de septiembre de 1906.

Estas distintas fotografías de la época nos retratan la importancia de Madre Bernarda, con su aporte, virtudes, carisma y espiritualidad, a la sociedad chilena; no solo ante el deterioro en que estaba la vida campesina. Sin su presencia y vigor el problema hubiese sido mucho mayor, de ahí el merecido reconocimiento por parte del gobierno con la Medalla al Mérito de primera Clase en junio de 1925.

Juan Rodríguez Rodríguez
Asociado Providencia Vicuña