Por Juan Carlos Bussenius, Coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

Sin lugar a dudas, la opción de la Congregación de las Hermanas de la Providencia por los pobres y desvalidos, muchos con caras de niños, es una gran verdad. La Madre Bernarda Morin sabemos que fue pionera en esta importante labor.

Hoy al observar el comercializado “día del niño” profundicemos la mirada y veamos qué podemos decir al respecto desde nuestra fe…

El tema central de la predicación de Jesús fue el Reino, claro que no como lo pensaban los judíos de su tiempo. Un país colonizado, sin libertad, soñaba con la instauración de un nuevo orden y por eso estaban sensibles cuando el Señor hablaba de la importancia de un nuevo reino, pero era radicalmente diferente. De ahí que finalmente Jesús fuera condenado también políticamente por fomentar un nuevo gobierno contra el imperio. El Señor fue incomprendido y, en realidad, ahí seguimos todavía, sin entender que el Reino de Dios proclamado, vivido por Jesús, implica “ser como niños” (Mt.18,3).

Para ser seguidores de ese Reino necesitamos convertirnos. Pasar de ser adultos desconfiados y escépticos al niño que reparte lo que tiene en la multiplicación de los panes. Pasar de ser rígido, calculador, egoísta y desconfiado, como nos marca la sociedad actual, al que es flexible, entregado, alegre y esperanzado. No se trata naturalmente de jugar a ser niños, infantilizarnos, sino de apelar a las semillas de nuestro ser niño. El futbol más allá de que sea negocio o fomente también lo sombrío, posee el juego que sabemos que convierte, transforma. Somos “niños” con el juego y reímos, nos alegramos, aunque también suframos. Hay algo muy profundo que hace todo cambiar cuando convocamos al niño interior.

En cada uno de nosotros existe un niño eterno, que sigue formándose y transformándose, decía Carl Jung. Un niño que contiene las fuerzas de la renovación y de la conversión permanente. Ser malamente adultos, viejos en el espíritu, significa quedarse detenidos en la crítica constante. Su alma está muy avejentada, en auto-referencia permanente. El narcicismo, la mayor tentación de los adultos, es la puerta que tapa la entrada al reino de Dios. Para crecer y madurar como personas y en la fe, se necesita la permanente fuerza del niño que ríe y juega. En nuestra sociedad en que todo se compra y se vende, nuestro niño conecta con el corazón y por lo tanto con el Dios de Jesús, gozoso, providente y misericordioso.

En evangelio de Juan (25, 3-15) nos relata el famoso encuentro de Jesús con un hombre llamado Nicodemo. Sabemos que es fariseo, importante y conocido, pero está triste. En el lenguaje de Juan, este hombre “viene de noche”, es decir, con problemas. Es un símbolo de la desconfianza, de la tristeza y pareciera que es mayor. En la sociedad y ciertamente que en la iglesia tenemos mucho de esto.

Nicodemo se puede sanar cuando descubre que la conversión al Reino de Jesús significa entrar en el misterio del agua y del espíritu. La palabra conversión viene el latín “conversĭo” que hace referencia a la acción y efecto de convertir o convertirse. Hacer que una persona o una cosa se transforme en algo distinto de lo que era. Esto lo puede hacer nuestro niño interior. En las Crónicas de Narnia del famoso escritor C. S. Lewis  se pasa por una puerta y comienza otra realidad.  Este umbral solo lo convoca un niño. Demos un paseo por esas presencias y comprenderemos un poco más a Jesús y su Reino.  Mafalda decía: “¿De qué te sirve ser niño si no te dejan ejercer?”. Convoquemos a nuestro niño interior y el Reino comenzará a desplegarse y todo se mirará desde el agradecimiento y la alegría. ¡Que mayor conversión!

Imagen: Niños chilenos de la región de la Araucanía. Año 2009. Attribution 2.0 Generic (CC BY 2.0).