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Profesión religiosa de Madre Bernarda Morin: Las certezas vienen de Dios, las dudas nos alejan de su presencia

Por Hna. Mariana Peña, psicóloga clínica, miembro del equipo internacional de Pastoral Vocacional de nuestra Congregación. Colaboración coordinada por la Oficina de la Causa de Canonización de Madre Bernarda Morin a propósito de la conmemoración de la profesión religiosa de la Sierva de Dios, efectuada el 22 de agosto de 1852 en Sorel, provincia de Quebec, Canadá.


Cuando me pidieron escribir sobre la profesión religiosa de Madre Bernarda, lo primero que pensé fue en recabar información, porque no me acordaba, sinceramente, de algún detalle de aquel día. Pedí entonces que me enviaran algún texto para leer. Me mandaron muchas páginas que me colocaban en contexto de lo que sucedía en la vida de Madre Bernarda, de sus tribulaciones, sus ansiedades y la incertidumbre de la espera, ya que no la llamaban a profesar. Con ansias comencé a leer y leer para llegar a aquel día de su profesión y entonces me encontré solo con esto: “El día de mi profesión —apunta sor Bernarda— fue un día de paz y alegría muy grande para mí: el cielo despejó y Nuestro Señor me hizo sentir la dulzura de su amistad”. ¡Solo dos líneas de aquel gran acontecimiento!

Cuando iba a entrar a la vida religiosa, mi acompañante espiritual me dijo que, en los momentos de dificultad, de dolor, de desánimo y de desesperanza, en los momentos en que quisiera preparar mis cosas e irme, me diera el tiempo de revisar el álbum de fotos y recordara lo que significó para mí cada paso dado en la vida religiosa. No en ese momento, sino que después, cuando ya tuve esas fotos en mis manos, comprendí lo que me quiso decir y sin duda lo recordé mientras leía sobre lo que vivió Bernarda antes de su profesión.

Madre Bernarda pasó por muchas dificultades, humillaciones, celos, envidia… tantas cosas que eran normalizadas en la vida religiosa de esa época. Casi con las maletas listas para partir, recordaba su llamado y volvía a darse ánimo y a motivarse a seguir y no abandonar su vocación. ¿Qué es lo que la había motivado a decir “sí” a este llamado? No fueron personas, ni tampoco fueron acontecimientos, fue Dios, su amor a Jesús, su profunda fe, lo que le permitieron estar donde fuese, con quien fuese, y poder vivir los más profundos dolores con sentido de trascendencia.

Me costó sentarme a escribir, porque después de tanto leer, el encontrarme con sólo dos líneas sobre lo que significó para ella la profesión, me dejó pensando. Reflexioné y recordé mis experiencias en la vida religiosa y puedo ratificar que los momentos de gozo pueden durar segundos, minutos, pero es un gozo tan profundo que te permite vivir la cotidianeidad en la certeza de un llamado, en la confianza de que no caminas sola, en la fe de que hay alguien poderoso que vela por ti y tus necesidades. Es ahí cuando se comprende que todo lo difícil en la vida: dolores, incomprensión, celos, envidia… son consecuencias de una decisión muy profunda que no deja que estas humanas apreciaciones nublen el brillo de un llamado que permite cruzar fronteras e ir donde nadie creyó posible. Y no me refiero sólo a lo geográfico, me refiero a las convicciones de tu hacer como religiosa, que marca una diferencia, porque cuando te mueves por buenas intenciones y profundas convicciones hasta los peores errores se transforman en rosas de dulce aroma, porque Dios conoce lo profundo del corazón y sólo Él y tú saben lo que de verdad te mueve a ser como eres, y a reflejarlo en acciones concretas de fidelidad, amor a Dios y a la Iglesia.

Bernarda tenía muy claro eso, pero las tentaciones del mal espíritu siempre la llevaban a poner los pies en la tierra y preguntarse: ¿por qué esto me duele? ¿Por qué me afecta? Y en varias oportunidades se daba cuenta que más allá del mal actuar de la otra u otras personas, sentía el orgullo herido. En ese momento veía la mano de Dios en los dolores que vivía: debía trabajar más su orgullo y sus vulnerabilidades humanas para fortalecerse de la gracia de Dios.

Una religiosa da testimonio de amor, de fraternidad, de alegría, de oración y devoción sólo cuando su vocación tiene raíces profundas en la entrega a Dios y cuando comprende que más allá de toda oscuridad, tribulación, desaliento y desconcierto, Dios es su única luz. Cuando a una religiosa la desborda la pena, la desolación, la incertidumbre, la apatía, la envidia y los celos, entonces se ha cerrado a la gracia de donde nace la fuerza para seguir viviendo en paz y abandono. El testimonio de alegría se desvanece porque Dios ha dejado de iluminar su vida.

Bernarda nos cuenta: “Estuve un rato vacilante sobre si profesaría o no: después mi espíritu se alentó por la confianza de que, si Dios permitía que su sierva pasara por penas tan duras, me daría la gracia para no sucumbir. Con un nuevo esfuerzo de fervor, me entregué a Nuestro Señor en cuerpo y alma; le confié la obra de mi santificación para que la ejecutara de la manera que fuese más agradable y le pedí que perfeccionara Él mismo el completo abandono que de todo mi ser le hacía”.

El testimonio de Madre Bernarda nos enseña a vivir en profunda certeza de que la fe, la Providencia, la humildad, la simplicidad y la caridad son la fuerza del amor y de la entrega, y que la felicidad de cualquier estado de vida se basa en esa certeza de la respuesta a un llamado. Que alguien que responde con un “sí” y se sabe guiado por la amorosa presencia de la Providencia de Dios, nada debe temer; ya que como la Sierva de Dios nos enseña: “la naturaleza rara vez está de acuerdo con la gracia: lloré, aun bastante: pero no perdí la tranquilidad de mi alma. Procuré acudir más a la oración, esperando la gracia del Señor de serle agradable y de hacer con toda perfección la obra a la que me quería asociar, aunque indigna. UN SOLO DESEO ME DOMINABA: EL AMAR A MI DIOS, el hacerlo AMAR Y SERVIR: lo demás era pasajero”.

Que su testimonio de fe y confianza en Dios sea nuestra inspiración y guía para no desalentarnos en los momentos de dolor, sino que, por el contrario, estos sean la excusa de acrecentar nuestro fervor, nuestro tiempo de estar en la oración y dejar que Dios sea Dios en nuestras vidas, con la profunda certeza de que, si Él nos guía, toda nuestra vida dará frutos en la misión evangelizadora que tenemos como bautizados, en el mundo de hoy, en la opción de vida que hemos elegido. Las certezas vienen de Dios, las dudas nos alejan de su presencia.


Si deseas conocer más de Madre Bernarda o de la Oficina que lleva adelante su causa de canonización, te invitamos a visitar las siguientes páginas de nuestro sitio web:


Imagen de cabecera: Fotocomposición de imagen de Madre Bernarda Morin (perteneciente al archivo de la Oficina de la Causa de Canonización de la Sierva de Dios Bernarda Morin) junto al interior de la iglesia de Sorel en la actualidad, lugar donde Madre Bernarda realizó en 1852 su profesión religiosa.

 
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