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Los cimientos de una vocación: la Primera Comunión de Madre Bernarda Morin

Por Verónica Miranda, recepcionista y miembro del personal de Administración y de Pastoral del Centro Educacional Santa Clara, además de Asociada Providencia. Colaboración coordinada por la Oficina de la Causa de Beatificación de Madre Bernarda Morin a propósito de la conmemoración de la Primera Comunión de la Sierva de Dios, realizada el 10 de agosto de 1842.


Venerance Morin, quien posteriormente recibiría el nombre de Madre Bernarda, fue la sexta hija de don Santiago Morin y doña María Francisca Rouleau, hogar que fue bendecido por Dios con catorce hijos. Habiendo cumplido los ocho años, sintió en su corazón un inmenso deseo de recibir a Jesús Sacramentado. Su madre, siempre atenta, escuchó su deseo y le prometió presentarla al Padre como aspirante a la Primera Comunión, siempre que su conducta correspondiese a sus deseos. Su mamá fijó un pequeño reglamento que acrecentase su vida espiritual. Venerance todos los días debía rezar el Santo Rosario pidiendo a la Santísima Virgen que preparase su corazón como una grata morada para su Divino Hijo. Al asistir a la Santa Misa, debía hacer actos que mostraran su deseo de recibir en su pecho al Dios Sacramentado. Tuvo que trabajar para vencer su genio y caprichos infantiles, siendo más obediente y dócil a sus padres.

Impulsada por su ardiente deseo de comulgar, Venerance se esforzó por seguir las piadosas recomendaciones de su madre. Con mucha ternura y filial confianza acudía a la Santísima Virgen para rezar el Rosario. El Señor le concedió desde niña la gracia insigne de comprender y gustar de la liturgia de la Santa Misa y ceremonias de Semana Santa.

Su profesora de catecismo le explicó una vez cómo la Santa Misa es la principal y más grande ceremonia católica. Jesús cautivó desde entonces el corazón de la niña. Escuchaba con mucha atención las instrucciones de su catequista, el significado de las ceremonias, el de los objetos litúrgicos y el espíritu con que se debe asistir a ellas. Con tan sólido fundamento, su piedad se hizo más litúrgica y el amor a la Santa Iglesia, uno de los grandes afectos de toda su vida, empezó a nacer en su corazón.

Su madre comprendía el tesoro de riquezas espirituales que encerraba el alma de su hija, entonces le enseñó a vencer su carácter y a dirigir a Dios los impulsos de su ardiente corazón.

Llegó por fin el día tan anhelado de su Primera Comunión. Había cumplido nueve años. El Padre la encontraba lo suficientemente preparada para ese gran acto y su madre estaba orgullosa de sus progresos espirituales. Los tres últimos días los pasó en un fervoroso retiro durante el cual hizo confesión de todos los pecados que recordaba haber cometido.

Purificada así su alma por una sincera confesión y embellecido su corazón con las flores de amor y afectos al Buen Jesús que se dignaba venir a su pecho, vio por fin amanecer el día más esperado.

Llegó el 10 de agosto de 1842, fecha que tan gratos e imborrables momentos dejaría en su corazón. Se levantó muy temprano, fue a la habitación de sus padres, les pidió perdón por sus faltas e imploró su bendición. Conmovidos, la abrazaron y pidieron al Buen Dios que bendijera al fruto bendito de su santa unión.

“Oh días de primera comunión, días de dulces recuerdos, día verdaderamente dichoso, tú eres la primicia del amor puro, de la alegría del alma”, con estas palabras y vestida con un sencillo trajecito blanco y absorta en la grandeza del acto que iba a realizar, Venerance se dirigió al templo.

El Padre pronunció palabras tiernas y fervorosas, que conmovieron a Venerance. Su alma tan pura, llena de amor divino, se unió con un lazo sólido y eterno al Corazón de Cristo que tanto ansiaba reposar en ella. Los goces más íntimos e intensos del santo amor inundaron su alma, fijando nuevos horizontes a su vida. El deseo de darse enteramente a Dios, nació en su corazón.

La Primera Comunión fue un momento muy significativo en la vida de Madre Bernarda Morin, ya que fortaleció su fe y su compromiso con Dios desde una edad temprana. Este sacramento representó un encuentro profundo con Jesucristo en la Eucaristía y marcó el inicio de una vida espiritual cada vez más intensa. Desde ese momento, cultivó una relación cercana con Dios que sería la base de toda su vocación religiosa.

La experiencia de recibir por primera vez el Cuerpo de Cristo despertó en Madre Bernarda un gran deseo de vivir según los valores del Evangelio. La oración, la participación en la vida de la Iglesia y el amor al prójimo comenzaron a ocupar un lugar central en su vida. Su fe no se limitó a las celebraciones religiosas, sino que también se manifestó en sus acciones y en su trato con los demás.

Gracias Dios Padre por la vida de Madre Bernarda Morin, mujer insigne que supo vivir la plenitud de tu amor desde muy pequeña y descubrir tu rostro en los hermanos sufrientes, derramando en ellos sus grandes virtudes de humildad, simplicidad y caridad.


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Nota: Imagen de cabecera solo ilustrativa. No corresponde a una obra de arte sobre la Primera Comunión de la Sierva de Dios Bernarda Morin.

 
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