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El legado formador de Madre Bernarda Morin: Maestra de fe y ejemplo de confianza en la Providencia

Por Hna. Ana Teresa ArayaOficina de la Causa de Beatificación de Madre Bernarda Morin


Hablar de nuestra querida Madre Bernarda es siempre de mucha alegría y admiración.

Estoy segura que muchos de ustedes ya saben y conocen esta información, sin embargo, es bueno volver a pasar por el corazón y hacer memoria de los diferentes momentos de su vida.

Hoy recordamos nuevamente algunas pinceladas de su nombramiento como Maestra de Novicias.

Madre Bernarda tenía sólo 25 años cuando fue elegida, en un Capítulo, para Maestra de Novicias, uno de los cargos delicados de la Comunidad.

Su nombramiento fue un 17 de abril de 1858. El Noviciado había sido fundado en enero de 1857. Madre Bernarda con este nuevo cargo recibe un voto de confianza de parte de la Comunidad.

En ella había un cúmulo de cualidades y virtudes, incluyendo sabiduría, a pesar de ser tan joven, madurez humana, no obstante tener un carácter franco y firme, aunque al mismo tiempo de mucha prudencia y caridad.  Todo esto lo fue cultivando en la unión tan profunda con su amado Jesús y en el silencio humilde y espera confiada, para estar disponible y responder a los diferentes llamados de Dios.

Sin embargo, no podemos olvidar que Madre Bernarda, a pesar de su serenidad, sufrió grandes luchas interiores. Gracias a su intensa vida de oración, pudo sobrellevar este martirio espiritual.

Ella enseñó a sus novicias el amor y fidelidad a la Congregación y a las Santas Constituciones y Reglas. Además, inculcó los valores transmitidos por la fundadora de la Congregación en Montreal, Madre Emilia Gamelin, como una herencia espiritual, sobre todo la humildad y simplicidad, el saber encontrar a Dios en las tareas más humildes y realizarlas con abnegación y amor.

Igualmente, les compartió una gran confianza y abandono en la Providencia, para que en los momentos de dificultad y carencia pudieran mantener una fe que provee y un Dios Padre que cuida; así, les ayudaba a vencer la ansiedad humana para que fueran instrumentos dóciles en las manos de Dios.

Les instruía también que el rigor y la ternura tenían que tener un cierto equilibrio. Era una mujer de una disciplina inquebrantable, pero motivada por una profunda caridad.

Nuestra Madre Bernarda alentaba a las jóvenes novicias desde su experiencia, desde lo que tuvo que sostener para realizar su vocación. Todo lo que había vivido y sufrido en su propia vida la convirtió en una mujer recia y fuerte. Enseñaba a las novicias cómo había que luchar contra el propio corazón y hacerlo desprendido de todo afecto humano, llenándolo de Dios y colmándolo de ansias infinitas de amar.

Con gran caridad, fue formando a las novicias para el amor y el servicio hacia los huérfanos y desvalidos, compartiéndoles que servir al prójimo era servir al mismo Cristo. “El testimonio de una religiosa es el servicio y no el estatus”, decía Madre Bernarda.

A las novicias también les hacía comprender que el noviciado no era sólo una escuela de piedad, sino una preparación para el combate espiritual y social. “No busquen las grandes cosas, sino esas pequeñas, pero hechas con amor”, compartía.  Fue una etapa clave donde forjó la identidad espiritual y comunitaria.

Todo esto, unido a un profundo espíritu interior, la hacían ser una religiosa atrayente. Tenía tantas cualidades humanas y espirituales que las novicias y postulantes le manifestaban gran confianza filial, correspondiendo a todos sus cuidados y desvelos.

Madre Bernarda fue una religiosa clave en la formación de las Hermanas de la Providencia en Chile. Su labor se caracterizó por transmitir el Carisma fundacional de entrega a los más pobres, formando a las nuevas hermanas con el ejemplo de caridad, humildad y un profundo amor a Dios; enfatizando la obediencia y la pobreza.

Su enseñanza se centraba en ver a Cristo en los más vulnerables y en vivir con humildad y simplicidad. Fue una adaptación del Carisma al contexto local. “Nuestro tiempo está consagrado a Dios y a los pobres”, señalaba.

Nuestra querida Madre Bernarda nos invita hoy, al igual que ayer, a vivir al estilo de Jesús y su Evangelio, que nos da siempre vida nueva y abundante.

Nos muestra que no sólo debemos agradecer lo bueno, sino también los momentos de dificultades, los rechazos y el cansancio, viendo en ello una forma de purificar el alma.

En nuestros momentos de mayor agotamiento, podemos orar nuestra oración a la Providencia, a quien creemos, esperamos, amamos y agradecemos. También la oración de abandono: Padre me pongo en tus manos…

Al terminar, sólo quiero agradecer el haber podido traer a la memoria una pequeña parte de esta hermosa historia de una gran mujer, de quien amamos su vida y su gran corazón. Que este recuerdo sea leído con gratitud y amor, porque el recuerdo es la gratitud del corazón.

Dios los bendiga.

 
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