Por Juan Carlos Bussenius, coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

Al revisar la historia de las Hermanas de la Providencia en Chile, con su dedicación y entrega generosa a variados apostolados, siguen surgiendo los testimonios de destacadas, aunque humildes, religiosas. Ahora, nuevamente resalto a dos mujeres, que sobresalieron por su entrega pastoral al pueblo de Dios. Me refiero a la Hermana María Cristina Parada y la Hermana María Ociela Moena. Nuestros aniversarios adquieren un sentido más profundo al detenernos en estas vidas de ayer, para renovar la entrega de hoy.

Hna. María Cristina Parada Canales

Nació el día primero de agosto, día de la Providencia, como presagio de su vocación religiosa, que iba a recibir, dentro de la Congregación de la Providencia.

Religiosa ejemplar, radiante de bondad, buen juicio y sabiduría y con un gran carisma de servicio a los más necesitados, en particular a los niños.

Gran catequista. Evangelizó en muchos lugares, aun cuando sus fuerzas iban declinando. En la Serena, en las poblaciones de la Antena. En Antofagasta, Mantos Blancos, Mejillones y Santiago. Cercana y colaboradora fiel de varios obispos, entre ellos José María Caro, Juan Subercaseaux, Alfredo Cifuentes y del cardenal Carlos Oviedo. Tuvo un gran consuelo al saludar personalmente al Papa Juan Pablo II en su visita a Chile.

Profesora, o más bien, maestra de corazón. Enseñó a muchas que después fueron Hermanas de la Providencia.

No sólo se contentó con enseñar, sino que contribuyó también a la construcción de Colegios, como el de la Providencia de la Serena y el de Maipú. Muchas anécdotas y sufrimientos le causaron esas edificaciones, pero con la capacidad de trabajo extraordinario que tenía, su alegría interior y con su oración constante, tuvo la fortaleza para salir adelante.

Siendo superiora de la Casa de la Providencia en La Serena, en 1947, se coloca la primera piedra de lo que después fue la “Escuela Técnica de la Providencia”, donde se titularon innumerables generaciones de jóvenes. Pero también, su huella estuvo en el cuidado y crecimiento de la fe de niños, niñas y de estudiantes.

Su médico dijo de ella: “Sor Cristina era realmente una santa y, como tal, aceptó su última enfermedad con alegría y paz interior, con la tranquilidad del justo, que espera y anhela el Gran Encuentro con el Señor” (Dr. Lorenzo Cubillos O.). Falleció la Hermana Cristina el 18 de abril de 1997.

Hna. María Ociela Moena

Ingresó a la Congregación el 7 de agosto de 1966, después de haber pertenecido algunos años al Instituto de las Hermanas de Fátima, siendo ella junto con otras jóvenes las fundadoras de dicha Congregación. Estaban animadas por Monseñor Alejandro Menchaca, quien fue Obispo de Temuco.  El fin de este Instituto fue evangelizar los pueblos mapuches. Fue ahí donde la Hermana Ociela inició su vocación apostólica, entregándose con generosidad, hasta el heroísmo, en diversos lugares de esa misión.

Su gran espíritu apostólico lo desarrolló, eso sí, siendo Hermana de la Providencia, en el ministerio parroquial a través de los veinticinco años que vivió con ellas. Inteligente, trabajadora, piadosa y muy exigente con ella misma, por lo que a veces le era difícil acomodarse al ritmo de los demás. Fue muy humilde también, para saber reconocer sus límites y defectos.

A pesar de su gran empuje y fuerza apostólica, no tenía buena salud y su trabajo fue acompañado permanentemente de malestares físicos, que nunca tuvieron mejoría. Pero esto no impidió su gran entrega a los demás.

Misionó en la Casa Amarilla (Conchalí) de Santiago, en Vicuña, en Limache, pero su mayor tiempo lo pasó en el Norte Grande. En Antofagasta formó grupos de Acción Católica y se desempeñó prácticamente de “párroco” durante más de dos años, en la Parroquia “Madre de Dios”, dada la ausencia de sacerdotes en ese lugar.

Participó activamente en las misiones de Michilla, Mantos Blancos y otros pueblos de Antofagasta, junto al Obispo Carlos Oviedo, poniendo al servicio de los feligreses su capacidad de escucha, su espíritu de fe y su amor entrañable al Señor, a quien deseó siempre que se conociera y amara.

Sirviendo como asesora de Catequesis Familiar en Tocopilla, su salud se resintió en demasía. No fue fácil convencerla de que fuera a la Enfermería. En 1990 estuvo tres meses en tratamientos y exámenes, pero no se le encontró nada especial. Confió en que se podría recuperar como en tantas otras veces, pero su salud se empeoró cada vez más. A las cinco de la mañana del 28 de febrero de 1991, falleció en la Enfermería Provincial a la edad de 62 años. Su temprana muerte tuvo presente las palabras del Señor. “Ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más. Ven a compartir la alegría de tu Señor” (Mt. 25,32).