Por Juan Carlos Bussenius, coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

En el atardecer del viernes 4 de octubre de 1929, a los noventa seis años, la Madre Bernarda Morin parte a encontrarse con su gran amor, consumando sus palabras: “Vuestra soy, Señor y Dios mío, vos sois cien veces más amable que todas las creaturas juntas, yo os amo sobre todas las cosas”. Sabemos que la consternación que produjo su muerte fue enorme, no solo en la comunidad que la amaba y en el ámbito nacional, sino también en los innumerables hombres y mujeres que habían recibido los beneficios de su obra y misión. Las crónicas de la época expresaron que en la capilla ardiente que se levantó en la Casa Matriz desfilaron miles de personas con lágrimas en los ojos, deseando demostrar gratitud a la madre amorosa de los necesitados. Ahí estaban personas ya mayores que fueron los primeros recogidos y amparados por la Providencia, que, gracias a ella, podían estar ahora presentes, con su dolor y agradecimiento.

Los funerales fueron solemnes y concurridos. Estuvieron desde el Nuncio Apostólico, ministros de estado, ciudadanos ilustres, muchos sacerdotes, innumerables religiosos y religiosas, hasta los niños y niñas cobijados en las casas de la Congregación. Terminada la misa, el Obispo Juan Subercaseaux, Rector del Seminario Conciliar, realizó la oración fúnebre, comenzando: “Sobre la tumba de estos venerables y amadísimos despojos, se cierra uno de los capítulos más elocuentes de la Divina Providencia. Entre los sollozos de sus hermanas; regada por las lágrimas de millares de huérfanos, de niños desvalidos, de almas desamparadas, abandonadas del mundo y de los consuelos de la vida; llorada por un pueblo entero, baja al sepulcro, la figura de una mujer gigante…”.

Pasados tantos años desde su partida, recordamos agradecidos por su figura que siempre entusiasma, conmueve, impresiona e invita a seguir con su legado, sobre todo, con los necesitados actuales, en tiempos de desigualdad y de lucha por la inclusión. Hoy tenemos nuevos desafíos, en una iglesia chilena fragilizada, en una sociedad secularizada, pero contemplar a la Madre Bernarda nos suscita esperanza y fuerzas. Ella nos sigue iluminado y protegiendo desde la presencia de su Señor, intercediendo por sus Hermanas y por sus obras actuales.