Por Juan Carlos Bussenius, coordinador del Centro de Espiritualidad.

Estamos todas y todos preocupados por la sequía tan prolongada que ha sufrido nuestro país. Se habla de una megasequía – la peor en 60 años- donde la zona central ha soportado la peor parte, con pérdidas cuantiosas en el sector agropecuario. “Cada vez tenemos menos agua, tenemos una sequía estructural”, afirmó hace poco el ministro de Obras Públicas. Un fenómeno que se inscribe globalmente en el devastador cambio climático “atribuido directa e indirectamente a la actividad humana que altera la composición de la atmósfera mundial y que se suma a la variabilidad natural del clima observado durante períodos de tiemplo comparables”, según la definición de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC).

La sequía que vivimos, por lo tanto, es un catalizador de lo que hemos hecho. Observamos lo que sucede, y nos preocupa, e incluso angustia, naturalmente. Pero toda realidad exterior tiene un correlato interior. Es decir, lo que sucede tiene que ver en gran parte con nuestros comportamientos, conductas y hábitos. No podemos quedarnos sólo denunciado lo que sucede afuera, si no tomamos conciencia sobre cómo nuestro proceder afecta a toda la creación. Entramos, de lleno, con la ética y la espiritualidad. Nuestra tarea como creyentes es contemplar la belleza y la presencia de la Providencia en todas las cosas, pero semejante contemplación debe llevarnos a una conversión del corazón para responder a la crisis que estamos viviendo. Nuestro quehacer y nuestra fe pasa hoy por mirar crítica y creativamente lo que estamos haciendo o no haciendo.

Nos encontramos con las cuatro R: Revisar nuestros hábitos de consumo, Reciclar aquello que pueda ser reciclado, Reducir el consumo (por ejemplo, de agua) y Recordar estas intenciones en la oración personal y comunitaria.

Podemos hacer oración frente a un tazón de agua, una vela y un poco de tierra, y nos comprometemos de nuevo con lo que se plantea en las Orientaciones Capitulares 2017-2020 de las Hermanas de la Providencia, en lo que se refiere a la Misión, llamando a responder a las necesidades relacionadas con toda forma de pobreza, específicamente: “profundizando nuestra comprensión de la ecología integral e implicándonos en acciones creativas para sanar nuestro planeta sufriente”.

La Oración que propone el Papa Francisco en su Encíclica Laudato Si, nos puede ayudar:

Oración por nuestra tierra

Dios omnipotente,
que estás presente en todo el universo
y en la más pequeña de tus criaturas,
Tú, que rodeas con tu ternura todo lo que existe,
derrama en nosotros la fuerza de tu amor
para que cuidemos la vida y la belleza.
Inúndanos de paz, para que vivamos como hermanos y hermanas
sin dañar a nadie.
Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar
a los abandonados y olvidados de esta tierra
que tanto valen a tus ojos.
Sana nuestras vidas,
para que seamos protectores del mundo
y no depredadores,
para que sembremos hermosura
y no contaminación y destrucción.
Toca los corazones
de los que buscan sólo beneficios
a costa de los pobres y de la tierra.
Enséñanos a descubrir el valor de cada cosa,
a contemplar admirados,
a reconocer que estamos profundamente unidos
con todas las criaturas
en nuestro camino hacia tu luz infinita.
Gracias porque estás con nosotros todos los días.
Aliéntanos, por favor, en nuestra lucha
por la justicia, el amor y la paz.

Cuentan que un pueblo sufrió un gran derrumbe de una ladera cercana, quedando una parte sepultada por la tierra y las piedras. Los habitantes que sobrevivieron se preguntaban desesperadamente cómo y que podían hacer, ya que tenían muy pocos medios. Cuando estaban en estas cavilaciones, surgió un anciano que caminaba con una cuchara hacia el lugar del desastre. Las personas se preguntaron: ¿cómo podía ser tan insensato ese habitante? Posiblemente había enloquecido. Pero él, mirándolos fijo, les expresó: “por alguna parte hay que comenzar. No esperemos tenerlo todo para empezar”.

El reto en que nos encontramos hoy es complejo, variado y muchas cosas no dependen de nosotros, pero hay que comenzar ahora, no mañana. La Sierva de Dios, Madre Bernarda Morin, fundadora de la Congregación en Chile, decía: “La Divina Providencia vela tiernamente por nosotros”. Esto no significa que seamos impávidos frente a lo que acontece. Desde el amor de Dios, tenemos que colaborar con la creación que hoy sufre por nuestra irresponsabilidad. La espiritualidad de la Providencia nos despierta y nos hace adultos, porque nos hace corresponsables de nuestro mundo. ¡Ese es el desafío!