Por Juan Carlos Bussenius, coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

Al comenzar a finalizar el año, invade casi siempre la sensación de cansancio y agotamiento. Es un gran peso que debilita nuestro cuerpo y nuestra alma. Aparece como un círculo infernal que lo contamina todo; se ha hecho un estilo de vida. La idea, es tratar de hacer una pausa con preguntas, para atrevernos a discernir los distintos tipos de cansancios y demandas, sobre todo las que nos enferman. Es un signo de los tiempos toda esta realidad – pensemos en tantas cosas de nuestra sociedad e iglesia que nos agotan – pero cada cansancio es singular y hay que tener cuidado, sobre todo cuando ya se ha hecho permanente.

Atrevernos a preguntar al cansancio, es una puerta que nos puede ayudar en esta época del año. ¿Cansancio, qué me quieres decir? ¿En qué momento he comenzado a exigirme más de la cuenta? ¿Cuál es mi mayor cansancio? ¿Cuáles son inevitables y cuáles no? ¿Me siento permanentemente bajo de energía? ¿Qué puedo honestamente hacer para paliar estos cansancios? ¿Cansancio, qué me ocultas detrás de mí ser agotado? Puede ser un ejercicio personal o con personas de confianza. Escuchemos al cuerpo y al espíritu para que Dios Providente nos lleve a la vereda del sentido y de la integración.

El cansancio es algo muy serio y tiene muchas causas, por eso es bueno distinguir. Hay un cansancio normal, producto del estrés cotidiano existencial, social y laboral, pero existe otro, llamado burnout, que significa quemado o fundido, donde estamos permanentemente agotados física y emocionalmente, con pérdida de autoestima y perdiendo todo interés en la vida y en el trabajo, llevándonos al estrés y, es probable, a la depresión. El cansancio es un importante termostato de nuestra vida, indagar en él puede ser muy esclarecedor y, por lo tanto, sanador, entregando pistas vitales.

El cansancio puede ser el comienzo de una transformación interior. Una oportunidad para reconsiderar la vida. Me pregunto: ¿Cansancio, de que me quieres salvar? ¿Qué me quieres decir desde el desorden de mi cansancio? En la medida que nos contactamos con esa fragilidad, se puede convertir. Simbolicemos y pongámosle rostro e identidad a los cansancios. Como hemos dicho, no hay “un cansancio”, sino millones de cansancios, por eso, tenemos personalmente que indagar las respuestas. No se puede indicar desde fuera lo que tengo que hacer; es una tarea del alma.

Algunas personas están cansadas porque han reprimido el agobio mucho tiempo. No han percibido que se sentían exhaustas, han pasado por alto el desaliento y han seguido funcionando con el consumo de café y otros estimulantes. Por eso, el primer paso para manejarlo de forma adecuada es reconocerlo, aunque sea contracultural. A esta sociedad chilena no le gusta saber que “estamos cansados”, aunque nos engulla, como la ballena de Job. La desmotivación, el desgano y la desilusión son partes de lo humano. Si lo permitimos y aceptamos, podemos ir encontrando el centro. El cansancio nos exhorta a definirnos, no desde nuestra productividad y desempeño, sino desde nuestro ser, muchas veces fragilizado. El agotamiento toca lo más profundo del alma, por eso podemos caer en la pérdida de sentido y en la ausencia o una borrosa percepción de Dios, si no lo invocamos atrevida y creativamente.

Se trata de manejar el cansancio de una manera novedosa para que revele mi radiografía existencial y de fe. Convirtiéndose en una invitación a despertar a nosotras y nosotros mismos, a nuestra realidad y a Dios. En un desafío a despedirse de los papeles jugados hasta ahora, y familiarizarnos con los nuevos que nos presenta la edad o las circunstancias que estamos viviendo. Como decía la filósofa y mística cristiana, Simón Weil: “Es preciso que el alma continúe amando en el vacío o que al menos desee amar (…). Entonces Dios vendrá un día a mostrársele y a revelarle la belleza del mundo, como ocurrió en el caso de Job. Pero, si el alma deja de amar, cae en algo semejante al infierno”. Se trata de hacer espacio a la presencia sagrada que nos habita, que el cansancio nos puede invocar. Nuestro agotamiento puede, paradojalmente, “curar nuestra alma desgastada” (Almada, 2012). Son las lluvias y el viento de esta extraña primavera, que vienen a despejar y a limpiar, para que finalmente se posesione el sol del verano.