Por Juan Carlos Bussenius, coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

“Puedo afirmar que mi vida ha sido muy feliz” es la frase con la que termina una carta que la Madre Bernarda Morin envió a la Madre Superiora de las Hermanas de la Congregación de Nuestra Señora de Montreal, de Canadá. En este escrito, Madre Bernarda abre su corazón a ella, sintiendo que su vida va terminando; ya tiene 93 años. Esta confesión no es una frase al azar o palabras de buenas costumbres, sino un sello surgido paradojalmente del sufrimiento y de la entrega; forjado en la oración permanente y en la entrega apasionada al Señor en los pobres.

Jesús nos llama a ser “dichosos”, como sabemos, en el Sermón del Monte (Mt.5, 1-11). Allí, frente a las multitudes de los míseros y desvalidos que lo seguían, se atreve a hablarles de la auténtica felicidad. Ellos, porque no estaban atados de riquezas o de leyes, podían optar a hacer de sus vidas una entrega en libertad y en audacia. En realidad, dicen los exégetas, que Jesús expresa su alegría por la llegada del Reino, que lo puede cambiar todo. El discurso de Jesús no es ingenuo sino de un hombre que sabe que la vida puede tener un sentido cuando se da en el amor verdadero y transparentar alegría. Por esto, el Papa Francisco decía que la Iglesia no es una ONG piadosa, que puede ayudar mucho pero sin tener la “firma” del Señor que hace brotar felicidad.

Desde ese día, sabemos que los que viven según las bienaventuranzas se convierten en sal de la tierra y luz del mundo. Esto trasciende las razas, culturas y religiones. Por eso, es hermosa la imagen que muestra un Vía Crucis en Junín de los Andes (Argentina), donde está esculpida en arcilla de tamaño natural la figura de Jesús en el Sermón del Monte, y ahí está presente Martin Luther King, la madre Teresa de Calcuta, Mahatma Gandhi y los beatos Laura Vicuña y Ceferino Namuncura. Podríamos agregar a la Madre Gamelin, a la Madre Bernarda, a San Francisco de Asís, a San Vicente de Paúl, al Padre Hurtado y a las multitudes de hombres y mujeres a través de la historia que han hecho de sus vidas una buena noticia para los demás, infundiendo alegría.

Una felicidad que es activa y creativa, como cuando la Madre Bernarda organiza en tiempo record una respuesta frente a la epidemia de viruela en 1872. Rápidamente reunió 100 camas para los contagiados, donde concurrieron otras congregaciones y laicos para ayudar. Sabemos también de las amarguras y sufrimientos que vivió la Madre Bernarda, como la Madre Gamelin. Padecieron, pero no se doblegaron o se amargaron; siempre para los demás, fueron mujeres de acogida y de paz. Aunque la angustia les haya rozado el alma.

Los tiempos que vivimos, sabemos que no son fáciles. El mensaje de Jesús muchas veces se oscurece por una cultura secularizada y más aún hoy por una Iglesia frágil y cuestionada en Chile. A nivel de la Congregación de las Hermanas de la Providencia, estamos en tiempos de cambios de Equipos de Liderazgos. Se avecinan renovaciones y transformaciones. Sin embargo, más allá de todo, nos hace bien preguntarnos, sin ingenuidad, al contrario, con profunda entereza de lo que sucede: “¿Somos felices?”. La respuesta será materia para nuestra oración, la calidad de nuestra entrega apostólica y la búsqueda vital de aprendizajes para la vida. Transcribo el texto completo de la aseveración expresada por Madre Bernarda: “Mi vida ha sido muy agitada. El buen Dios no me ha economizado los sufrimientos, pero en cambio su gracia ha sostenido mi fe y mi confianza en su divina Providencia unidas a un amor constante a mi santa vocación religiosa, así que puedo afirmar que mi vida ha sido muy feliz” (8 de mayo de 1925, Cartas de Madre Bernarda Morin, 1980). Clave valiosa para encontrar pistas, preguntas, respuestas y temas para nuestro propio momento vital.