Por Juan Carlos Bussenius, Coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

La Madre Bernarda decía: “Los pequeños sufrimientos que encuentro, los debo mirar como una cosa preciosísima, como una reliquia de la Cruz que llevo”. Es la constatación tan simple y tan profunda que nuestros sufrimientos tienen sentido solo desde la cruz de Cristo. Dolores, penas y desgracias que muchas veces nos inundan y que hacen que desde el santo madero se puedan vislumbrar intuiciones. De esta manera, nuestros propios dolores, los de nuestras familias, de nuestro país, de nuestra iglesia, del mundo… no son estériles ya que están contenidos en el viernes santo de cada momento. La Providencia está presente incluso en el más abyecto dolor. Paradoja que lo intuimos en el domingo de resurrección.

En realidad, no quiero estar enfermo de pesimismo y desubicado en este tiempo litúrgico de resurrección, pero todo me dice, que hay que mirar la cruz para solo desde ahí resucitar. ¡Aquí nos jugamos todo! No es ideología, no es una norma, no es imposición, no es un sueño, es un despertar desde lo más profundo para encontrar sentido del vía crucis en que estamos casi pegados.  María Magdalena y la otra María, como dice el evangelio de Mateo, vivieron el mayor momento que todo ser humano podría haber tenido en todo el universo. Impresionante, increíble, desgarrador. Un parto que inaugura el sentido de la vida.

Los alquimistas en la edad media hablaban del nigredo como el momento más oscuro antes de la transmutación. Asociada a la putrefacción, involucra una disolución en la materia prima, para la generación de otra superior, el oro. Pero, sólo desde ese espacio, del momento, oscuro, doloroso, terrible, se puede sentir, pensar, soñar que nuestra vocación más profunda no es quedarnos en la cruz. Yo no puedo darme cuenta de la belleza de la luz si antes no he visto la oscuridad. Es un misterio el viernes santo, pero sin él, sin dimensionar toda la hondura de ese día espantoso, no puedo abrirme a la posibilidad del cambio.

El sentido del Vía Crucis es querer pasar de la muerte a la vida, aunque suene a locura.  Todo es igual, pero nada ya es igual. En este tiempo de Resurrección, nuestra mirada profunda tiene que cambiar. Sino creemos esto, el Papa Francisco dice que somos “cristianos de cuaresma sin resurrección”, con “cara de funeral”, “tan tristes que parece que van a su propio entierro”. No es postura fingida, tampoco hay que agarrarse los pómulos y hacer una sonrisa. Es apostar, aunque cueste por la esperanza del Domingo de Resurrección. Nuestras cruces personales y sociales, muchas veces nos sacuden del individualismo que vivimos y sale lo mejor del alma de Chile, como decía el Cardenal Silva. Nos levantamos tantas veces de innumerables tragedias y no tenemos cara de funeral, sino de confianza, de vida plena y paradojalmente, mejor.

Alguno me gritará: ¡ingenuo! No ves lo que sucede en la iglesia, en el país, en mi casa… Y yo le diré: ¡Sí, pero no es todo, algo despierta, algo cambia, algo se transforma!  Obviamente que tiene algo de desquiciado hablar de la vida donde hay tanta muerte. Pero de eso se trata, sino no, no tiene gracia, y mejor me quedo en mi dolor arropado por mi egoísmo, finalmente que se convierte y me hace aparece como víctima, el pobrecito…, y así hay tantos diseminados por el mundo. Porque para hablar de resurrección hay que salir de sí. Hay que dar el salto y mirar al otro. Solo cuando vivimos en alteridad, o con una palabra más fácil, poniéndonos en el lugar del otro, todo cambia.

Carl Jung decía que en la segunda etapa de la vida, cuando ya tenemos varios dolores acumulados, comienza la apertura a la totalidad, a la sabiduría. A creer que la vida es más grande a pesar de tantas muertes. Los que estamos en esta etapa debemos dejar que la resurrección se nos note, no solo las arrugas o las canas. Porque no miramos solo hacia fuera sino también hacia dentro. Una persona mayor me comentaba que con los años nos vamos poniendo “tontitos”, y yo pensaba, bendita tontería porque esa persona se estaba ofreciendo para trabajar por los enfermos. Jung decía que había un principio regulador de la psique, cuando jóvenes siempre hacia fuera, y ahora más hacia dentro y nos compensa, nos auto-regula. El desafío es hacerlo, creativamente y que se nos note. ¡Eso es resurrección!

Gabriel García Márquez decía: “Si uno no crea, es cuando le llega la muerte”. Parafraseando esto, podríamos decir que la resurrección que ahora celebramos no es algo para después, para cuando entremos en el ataúd. Comienza ahora, cuando nos atrevemos a ser solidarios, cuando nos atrevemos a estudiar y hacer cosas nuevas pasados los años, cuando cantamos o bailamos, cuando tenemos cara de optimismo, aunque vayamos en el metro a la hora punta, cuando aprendemos a reírnos de nosotros mismos, cuando nos damos los tiempos para el silencio y el encuentro con la Palabra, aunque la agenda esté llena. Cuando acompañamos a alguien que queremos que está muy enfermo y nos reímos y comemos algo bueno. La resurrección es locura frente a este Chile muchas veces sombrío, con cara de tragedia y cada vez más ateo, como recién salió en una encuesta.

Los invito, los desafío, a “ser chalados por Dios” como decía el P. Hurtado. A ser “Felices y sacrificarse por la caridad”, como decía la Madre Bernarda. Necesitamos sembrar resurrección, porque nuestros dolores son tiempos de remover la tierra de tanta muerte.  Este es el mayor atrevimiento en el universo. Sacudamos la muerte de nuestro cuerpo y del alma. ¡Es posible, es urgente!