Por Juan Carlos Bussenius, Coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

“La paz está en mi corazón porque he recibido al Dios del Amor y de la paz”.
Madre Bernarda Morin

¿Cómo lidiar con las malas noticias? ¿Qué hacer para no dejarse llevar por el pesimismo teniendo en cuenta también nuestros propios conflictos? Pareciera que en nuestra sociedad vivimos mayormente de tragedias, de escándalos, de desilusiones. Influyen los medios y las redes sociales ya que tienden a destacar lo más oscuro y morboso. Rápidamente se sabe, se exagera y muchas veces se inventa.  Obviamente también hay realidades bellas y positivas, pero pasan muchas veces desapercibidas porque “no son noticias”. Este es un asunto de mercado, de rating, ejemplificado en gran parte por nuestra televisión.

No se trata de tapar la transparencia y la verdad que es bueno naturalmente develar, sobre todo hoy en la política y en otras esferas, sino del mal uso y de la manera inapropiada, soez, faltando muchas veces el respeto y la confidencialidad que finalmente indigestan los sentidos subiendo los niveles de estrés. Recordemos como la mayoría de los medios manipulan las tragedias machacando día y noche el dolor de los que han sufrido. Los bombardeos morbosos de las noticias de cada día, influyen en nuestra estabilidad emocional y espiritual ya que destacar profusamente lo sombrío tiene una energía -aunque paradojalmente fascinante- que puede llegar a ser obsesiva. Ser continuos espectadores de la violencia y los desenfrenos es energía que se puede desbordar de mala manera. Sobre todo, si ya estamos debilitados por nuestros propios problemas y el estrés cotidiano. Nuestros hogares o comunidades no pueden ser caja de resonancia de todo lo que ocurre afuera de manera violenta o amenazante sino una especie de termostato que procure paz y amabilidad. “Sentirse en casa” hoy es una vital asignatura pendiente para que el Señor también pueda habitar.

No se trata de dar recetas porque cada persona es única y las situaciones son diversas. Se trata de tomar conciencia de los niveles de suciedad de nuestra psique, del cuerpo y del alma, no solo del aire para los que vivimos en ciudades contaminadas.

Una característica de la espiritualidad de la Madre Bernarda era su sentido de la experiencia de Dios en medio de los conflictos y dificultades. No se escapa de la realidad, sino que la transforma para que aparezca la luz y no siga la “sombra”. Descontamina a través del discernimiento evangélico. Cuando habla de la paz, como la cita que encabeza este artículo, no es ingenuidad, sino del esfuerzo para que surja este valor y se mantenga en medio de los apremios porque su mirada en el Dios Providente y lleno de amor traspasaba la oscuridad. De esta manera, su estilo era la espontaneidad y la alegría porque transformaba ambientes densos en espacios de Dios. Ayudaba a mirar “más allá” para que los conflictos no contaminaran el alma. Actitud capital sobre todo en estos días.

En el evangelio de San Mateo (15,11), Jesús habla que lo que entra por la boca no mancha al hombre sino lo que sale. Hay que estar muy atentos a cómo vamos procesando lo que vemos, escuchamos y sentimos por los medios. Se trata de asumir la realidad transformándola para poder vivir humanamente y espiritualmente, sin ingenuidad por supuesto. Llegar a ser embajadores de paz y de silencio sanador como proceso de conversión y no solo marionetas alteradas por todo lo que sucede de malo, los que tratamos de ser más espirituales. Un buen desafío es saber filtrar las noticias para no quedarnos recibiendo todo. Hay algunos canales que acentúan menos lo morboso o no ver las noticias (o tanta) televisión, ya que también fomenta el sedentarismo. Por otro lado, hay que tener cuidado con lo que me habita antes de dormir, que puede alejar u obstruir un descanso reparador y que seca los sueños que reparan el espíritu.

Vivir llenos de ruidos y amenazados nos desconecta de quienes somos, de lo que hacemos y, por lo tanto, de una mayor conciencia de la presencia providente de Dios. Si es posible, tenemos que ir encontrarnos con la naturaleza y empaparnos de ella, aunque sea poco tiempo, e instaurar prácticas de relajación. No olvidar las comidas más sanas. Habrá que hacer un discernimiento, cambiar hábitos y llegar a decisiones. Lo que se juega es vital. Nuestro cuerpo y nuestra alma pueden descontaminarse para que haya más vida, alegría y belleza y, por lo tanto, que surja el espacio para que se explaye Dios en nuestras vidas y en las de los demás.

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Imagen: CC0 Creative Commons.