Por Juan Carlos Bussenius, coordinador del Centro de Espiritualidad.

Para los que estamos en la década de los cincuenta o más, somos la última generación que vivió el refrán “abril, aguas mil”, que jugó con los “pololos” (insectos que se pegaban en los dedos o en la ropa), que escuchábamos a los grillos y veíamos como volaban mariposas, abejas y como se cruzaban los saltamontes en la primavera. Paseábamos por las veredas, descubriendo más de alguna lagartija, mientras volaban infinidad de gorriones, e incluso podíamos escuchar el croar de las ranas en alguna fuente o en los charcos, después de una abundante lluvia. Todo en Santiago, especialmente cerca de las plazas, que, en ese entonces, eran espacios de mucha vegetación y de grandes árboles. La transformación y la destrucción del hábitat, especialmente por el cambio climático, es una realidad con la que han nacido las nuevas generaciones, con graves consecuencias, que van más allá de nuestros recuerdos de antaño.

De ahí, el llamado incansable del Papa Francisco, a una ecología integral, para redescubrir nuestra identidad como hijos e hijas de Dios y encargados de ser administradores de la tierra (Laudato Si). ¡Todos y todas tenemos que hacer algo por este mundo cada vez más desertificado! ¿Qué heredarán las siguientes generaciones, si no hacemos hoy algo al respecto? La conversión, como actitud espiritual, se encarna actualmente con estas temáticas. Un compromiso, reiterado de las Orientaciones Capitulares 2017-2022 de la Congregación. Obviamente, este problema nos desborda, pero por algo hay que comenzar.

Somos la última generación que vivió sin celular e incluso sin internet, hecho incomprensible para las generaciones actuales. Las comunicaciones, a lo más, eran por teléfono fijo y, sobre todo, cara a cara. Las visitas y las comunicaciones eran de persona a persona. Todo esto nos entregó experiencias y códigos que nos formaron. Desde ahí, sensibilidades mayores, para crecer en relaciones más cercanas y personalizadas; y construir adecuados vínculos desde la vocación y desde nuestras opciones, que permitan el desafío de una “comunidad de aceptación y de amor” (Constituciones y Reglas, N°19).

Somos la última generación que vivió sin mall e, incluso, los mayores, sin supermercados. Alcanzamos a vivir sin un mercado desbordado por el consumo y el materialismo. La ola neoliberal nos invadió el cuerpo y el alma, y nos hace hoy estar sumidos en las compras y en las deudas. Por supuesto que disminuyó mucho la pobreza, pero también con márgenes muy altos de desigualdad. Realidad que nos desafía, no solo por el voto de pobreza, a preservar la austeridad como don y a privilegiar a los que están fuera de este sistema depredador. Provoca ir a “las personas y grupos, cuyas necesidades básicas no están satisfechas, y las víctimas de injusticia, especialmente los rechazados, los marginados, los sin voz” (Constituciones y Reglas N°R9).

Somos la generación que vivimos los cambios provocados por el Concilio Vaticano Segundo. Fuimos testigos y protagonistas de una Iglesia cercana, entusiasmante y relevante en períodos complejos en nuestro país. Participar en comunidades de base, escuchar al Cardenal Silva Henríquez, conocer a sacerdotes obreros y sentir la santidad del Obispo Enrique Alvear fueron espacios privilegiados de una Iglesia que cautivaba. Hoy vivimos en una Iglesia golpeada en Chile, sin embargo, con el permanente desafío de seguir anunciando a Jesús. Son tiempos de discernimiento en humildad. Conocer otra Iglesia no fue coincidencia. Lo sabemos, los que confiamos en la Providencia. Nuestras vivencias anteriores nos inspiran y dan fuerzas para seguir aportando. Se ha removido la tierra para ablandarla –como decía Madre Bernarda- “para implantar de nuevo a Jesús en su conocimiento y amor”. De grandes cosas estamos hablando. Las transformaciones surgen desde dentro hacia afuera, como un tiempo urgente de kairós.

Hemos sido testigos y protagonistas de otra manera de estar y relacionarnos con la naturaleza, la sociedad y con la Iglesia, por nombrar algunos de estos tópicos vitales. El Papa Francisco decía: “Debemos cambiar firmes en Jesucristo, firmes en la verdad del evangelio, pero nuestra actitud debe moverse continuamente según los signos de los tiempos” (Homilía en la Misa de la Casa de Santa Marta, 23 de octubre del 2015). No podemos idealizar el pasado que vivimos, pero sí apelar a que este nos ayude a tener esa mirada sabia y prudente, para interpretar los signos de los tiempos. Somos la última generación, pero por ello nuestra responsabilidad hoy es mayor. Que la nostalgia nos ayude para un discernimiento que logre asumir tantos desafíos actuales. La Providencia, que nos hizo ser testigos y protagonistas de otro mundo, nos sigue ayudando para aportar a las realidades que claman hoy.