Por Juan Carlos Bussenius, Coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

Existen muchas personas, sobre todo en las grandes ciudades, cuyas vidas transcurren de manera monótona, sin mayores expectativas, sin riesgos y trabajando nada más que para subsistir. Por supuesto que hay matices, pero vivir mirando solo la vitrina simboliza una actitud de vida favorecida por un tipo de sociedad cómoda y del bienestar, en que “todo parece estar cubierto”. Se alimenta a través de un mercado consumista e insaciable que nos hace creer que por fin hemos encontrado lo que buscábamos que pudiera iluminar nuestra vida. Es la dinámica de los celulares; al fin lo hemos conseguido, pero no alcanzamos a disfrutarlo porque luego existe otro más moderno y sofisticado, inaugurando el circulo de ansiedad y de desilusión. Vivimos el engaño ya que fijamos nuestra confianza solo en lo material, con un tenor individual y competitivo. Naturalmente muchos están al margen de la posibilidad de adquirir mayores bienes materiales, sobre todo en este país con tanta falta de equidad, pero desde la frustración se agrega entonces angustia y rabia.

Salir de estas dinámicas no es nada de fácil ya que este tipo de sociedad atrapa desde lo más profundo cayendo en el pesimismo, escepticismo, dolores diversos, cuadros de ansiedad, etc. Ciertamente que no pretendo reducir estos factores solo a lo sociológico o un asunto de consumo, existen muchísimos otros y de diversos órdenes de complejidad que escapan a este artículo. Lo humano siempre es variado y complejo y es un error generalizar, pero puede ayudar detenernos con este símbolo desde lo psico-espiritual.

Cuando solo se observa la vitrina, no hay compromisos vitales y surge de fondo una desesperanza y aburrimiento que puede llevar incluso a una depresión, con la inefable receta del antidepresivo de turno, quedándonos atrapados en el síntoma y no en la raíz que lo está generando. Un intento de explicación ya expresada, es el tipo de sociedad que tenemos, con el cual tenemos que ser críticos y lúcidos con sus manipulaciones. Propósito que se ve fortalecido cuando nos abrimos a una espiritualidad que nos haga despertar al encanto de la existencia humana y que nos haga vivir en paz y con amor, como decía Anthony de Mello. A desaprender para escuchar, a estar consciente de nuestras resistencias a los cambios, a estar dispuesto a ser cuestionado, a encontrarse a sí mismo, a disfrutar sin aferrarse, como lo planteó también este jesuita hindú. Camino que tenía que hacer Nicodemo, como lo cuenta el Evangelio de San Juan, ya que solo miraba la vitrina de su vida acostumbrándose a la mediocridad. Jesús lo desafía a “que vuelva a nacer”: que se atreva a rehacerse. A renacer del Espíritu que “todo lo hace nuevo”. Este personaje al parecer es mayor y, sin duda, estos demonios se fortalecen con la edad. Atrevernos a despertar saliendo de nuestros egos monótonos, egoicos y a veces tan burgueses es la mayor aventura humana y espiritual que rompe la inercia de vivir solo mirando la vitrina.

Lo más contrario a la Espiritualidad de la Providencia es el aburrimiento humano y la abulia por el Reino. Mirar solo la vitrina lo hacen los cristianos que han perdido la vitalidad humana y la audacia por creer que es posible revertir el mal de este mundo. ¡Se cansaron y se hicieron mediocres antes de tiempo! Una gran tentación de los cristianos es el contentamiento de lo que se es y se hace. Vamos rebajando la conversión; entramos en tiempos de liquidaciones de la fe. La Madre Emilia y la Madre Bernarda se apasionaron por luchar contra la miseria y entusiasmaron -y lo siguen haciendo- a tantos hombres y mujeres, laicos y religiosas que han abrazado su causa. Siendo débiles encontraron la energía del amor de Dios como misión para los empobrecidos de este mundo y se fortalecieron. Se entregaron a la acción amorosa de Dios Providencia y descubrieron la causa de Jesús, como presencia de lo sagrado que los habitó. Su protagonismo por la causa del Reino las hizo actuar vehementemente. Su entusiasmo las llevo a ser contribuyentes a la obra de la Providencia, sacando lo mejor que tenían. Descubrieron seguramente muchos talentos que poseían. Vivieron plenamente. Fueron “mujeres grandes” porque se atrevieron, a pesar de los miedos y dificultades, porque tenían confianza y lo consiguieron. Fueron caminantes imbuidos de la espiritualidad de la Providencia porque tuvieron fe en que su proyecto era el de Dios.

El que descubre o, mejor dicho, redescubre a Jesús –incluso con heridas y desgarros- se hace intérprete de su vida y surge la pasión amante por la conversión personal y la transformación de este mundo. Nos coloca de novio o de novia por la vida. Por supuesto, que habrá cansancios, desilusiones y derrotas, pero siempre caminando y a veces corriendo, rompiendo la tendencia a mirar solo desde la vitrina. ¡Arriesgarse por el Reino es la mejor batalla humana y espiritual! El espíritu del mal nos lleva al ego-ismo y nos encandila con esta sociedad de consumo que nos atrapa en la comodidad y nos instalamos con una especie de “obesidad existencial”. Pero, cuando “despertamos” y nos damos cuenta que deseamos participar de cuerpo y alma, nos colocamos en la senda de la Providencia de Dios y todo es posible, bueno, abundante y amoroso.