Por Juan Carlos Bussenius, coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

“Límites sanadores” es el título de un libro de Anselm Grün y María M. Robben de hace algunos años, pero que no pierde vigencia; al revés, cada vez más, son más urgentes sus lecciones. El subtítulo lo dice todo: “estrategias de autoprotección”. Se trata de una respuesta frente al padecimiento que experimentamos, al no poder decir “no”. A las feroces exigencias de nuestra vida cotidiana, en el trabajo, en el apostolado, en la vida comunitaria, en la familia, etc. Es un tópico que vivimos hoy, tiempos de mucha presión, y donde el entorno nos determina muchas veces sin límites. Un ejemplo común es lo dado por los medios digitales, seguimos trabajando a pesar del término del horario, por los emails o el whatsapp.

Dios Providente se nos está relevando continuamente, por eso, tenemos que estar sensibles y abiertos a la presencia de lo sagrado en nuestras vidas. Sin embargo, vivir sin límites nos cierra a la vivencia del misterio, viviendo la usual experiencia de “no tener tiempo”. De esta manera, nos desconectamos con el proyecto amoroso de Dios en la práctica, aunque estemos físicamente en la eucaristía e incluso orando, o tratando de realizarlo.

No se trata, ciertamente de irse a una “isla desierta” o salirse de nuestras ocupaciones y compromisos, sino, más bien, frente a todo esto, discernir para encontrar maneras reales de afrontar la vorágine, que muchas veces hace desaparecer nuestro cuerpo y nuestra alma. Entendiendo por esto, la decisión de volver a encontrar a la Providencia como alimento que da sentido y vitalidad a nuestra vida. No es fácil porque implica decisiones, pero en estos tiempos complejos, sino hacemos el esfuerzo, seguiremos abatidos, ojerosos y tristes, encerrados en el invierno, aunque estemos en primavera. Tampoco se trata de dar soluciones, sino de reconciliarse con los límites y manejarlos saludablemente. Son para muchos, asignaturas pendientes pero que van teniendo obligadamente caducidad, y nos lo recuerda inapelablemente nuestra salud: el colón, el insomnio, labilidad emocional, etc.   También, los limites en el consumo, de una cultura del exceso, que nos hace siempre “querer más”, aunque estemos sobre endeudados. Este es el germen de la desigualdad que ha enfermado nuestra sociedad. Todo esto es una cuestión humana pero también de fe, ya que la manera de entregarnos es casi más vital que el fruto del trabajo. San Vicente de Paul lo decía, al expresar que no solo demos al pobre, sino que el modo en que lo hacemos es vital. Ahí nos jugamos el estilo de Jesús; cercano, alegre, cuidadoso, tierno. Sólo ahí, despertaremos la presencia de la Providencia.

Padecemos sobre exigencias, ya que no hemos cuidado de nuestros límites. Vivimos por encima de nuestras condiciones, sin la medida adecuada. Ya lo hemos dicho, nuestro cuerpo y nuestra alma lo resienten y después se enferman, y le damos “paracetamoles”, hasta que colapsamos finalmente. Es la cultura de las adicciones que encandilan e hipnotizan.

Sé que no es nada de fácil asumir todo esto, pero necesitamos el equilibrio entre la proximidad y la distancia; lo que podemos y no logramos realizar. Reconocer los propios límites. Terapia, meditación, oración, acompañamiento espiritual, práctica de la ternura, salir a la naturaleza, el cultivo de relaciones nutritivas y, por lo tanto, amorosas, son algunos hitos de esta sanación. Dar espacio al cultivo de la interioridad, para que emerjan los gritos de nuestras propias impertinencias y surjan las decisiones sabias, armónicas y prudentes, que nos llevarán a la sabiduría, para regresar al alero de la Providencia de Dios.