Por Juan Carlos Bussenius, coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

Vivimos en una época de gran vulnerabilidad y de crisis. Constatación, no desde un matiz negativo, sino desde la realidad personal y desde las instituciones. La época actual nos cansa y enferma con sus mil urgentes requerimientos y amenazas de todo tipo, como lo económico, lo ambiental, la convivencia, etc. Un síntoma, es el problema de la violencia escolar, con el tema del “aula segura” como catalizador de profundas y complejas problemáticas. Y, aunque sea repetido, pero no menos importante, el tema eclesial al menos en Chile, saturado de graves faltas y extravíos. La Iglesia está empantanada, con todo tipo de fatales resonancias para los que tenemos fe y cuidamos las instituciones afines. Hace poco estuve en un colegio religioso, hablando de estas temáticas; fue complejo pero esclarecedor. Tenemos aquí una asignatura de la que debemos hacernos cargo, al menos, desde la manifestación y transparencia de lo que acontece. Sabemos que parte del problema ha sido, justamente, la ocultación. Siempre, compartir con altura, con verdad y con fe nos ayuda a curar las heridas.

Un profundo discernimiento se hace urgente, para alcanzar la otra orilla del cuidado, la reparación y, sobre todo, la sanación. Es tomar consciencia de la fragilidad en la cual nos encontramos, como espacio donde la Providencia nos puede abrir el corazón y el entendimiento. Disponernos a la oración, la meditación y el compartir fraterno (con respeto y protegido) nos ayuda a contribuir y a despejar, al menos en parte, los riesgos de la realidad actual. La Espiritualidad de la Providencia nos hace “co-creadores”, desde nuestra fragilidad, para encontrar el proyecto amoroso y bueno de Dios en medio de las tinieblas de todo tipo. Es abrirnos a la primavera; cuando el sol desea mostrarse a pesar del frío y de las tinieblas ambientales.

En este año de aniversarios, decimos, desde nuestra espiritualidad, ciertamente, que no es casualidad constatar todas estas fragilidades. Las grandes mujeres providencia, que hemos recordado, supieron asumir las crisis desde la radicalidad de vivir la simplicidad, caridad y humildad. Son virtudes que nos reflejan la profunda y audaz sencillez, como condición para apoyarnos solo en Dios. Por eso, la fragilidad nos acerca a la Providencia. Es el faro que nos ilumina para capear las tempestades y llegar a un puerto seguro. Es camino del conocimiento que surge cuando somos débiles y de la aceptación con verdad, de la realidad de hoy. Me atrevo a expresar que lo que vivimos es una condición para purificarnos. En el sentido de aceptar lo que sucede, pero con el desafío de proponer nuevos caminos. Se inauguran decisiones y se logran objetivos que nunca sospechábamos. Atreverse a caminar en medio de estas tinieblas, con la tenue luz de nuestra fe, es un salto a la novedad de Dios. Es el atrevimiento, para encontrar el renovado amor que lo transforma todo, y nuevamente ilumina. Como los brazos de una madre anciana, seguramente frágiles pero que siempre abrazan.