Por Juan Carlos Bussenius, coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).


“La fe y la confianza son las que de ordinario nos faltan. Pidamos a Dios aumente en nosotros estas virtudes fundamentales”.

Madre Bernarda Morin.

Las crisis son parte de la vida. No podemos crecer sino existen momentos de conflictos y de búsquedas, como se da, por ejemplo, en la adolescencia. A medida que vamos creciendo, nos vamos dando cuenta de esta gran verdad. Nuestras decisiones importantes seguramente estuvieron marcadas por momentos de vacilaciones y confusiones, hasta que emerge el cambio necesario. Es parte, consiguientemente de la crisis, un primer momento, muchas veces de quiebra, hasta que logramos incorporar las novedades que estaban emergiendo. No es conveniente amortiguar y menos apagar una situación conflictiva, ya que es una señal en el fondo de nuevos y necesarios equilibrios; así funcionamos. Hay que dejar emerger esas voces que nos anuncian nuevos tiempos, en profundidad y verdad. No aumentemos las crisis no resueltas, que incluso pueden llevar a depresiones individuales, pero también sociales e institucionales. No caigamos en la tentación de acallarlas, como lo vemos tristemente con los casos de abusos en nuestra iglesia, en que las prácticas de ocultación solo hicieron crecer y complejizar mucho más todo. Dejemos que entre el viento fresco de lo que acontece, para dejarnos conducir hacia las renovadas y creativas decisiones que las crisis, en el fondo, nos desean regalar. Asumirlas es señal de madurez y de fe.

San Ignacio de Loyola decía que no solo es importante despejar lo que sucede, sino especialmente, qué hacemos con lo que sucede. Dos movimientos: darnos cuenta y tomar las acciones debidas. Los procesos los canalizamos a través del discernimiento, para discriminar y confirmar lo que la Providencia desea de nosotros y nosotras. En estos tiempos, complejos en sus distintos niveles, tenemos que disponernos más que nunca a la voluntad de Dios. Un camino a veces lento pero necesario, quizás con batallas perdidas y retrocesos, pero con la convicción que el Señor nos sigue acompañando hacia adelante. Nos preguntamos: ¿Cuál es el rostro de nuestras crisis? ¿Qué nos quieren decir? ¿Qué señales sentimos de cambio? ¿A qué niveles? ¿Cuáles son nuestros temores y esperanzas frente a ellas? Tenemos que hacer “relatos” de nuestras crisis, como la tierra que fecunda las semillas que se rompen para dar vida.

Una característica de la Madre Bernarda era su sentido de experiencia de Dios, sobre todo en medio de los conflictos y dificultades. Ella no se escapó de la realidad, sino que escuchó la voz del Señor en medio de los apremios y tropiezos. Aclara y afronta a través del discernimiento evangélico. Ayudaba a mirar “más allá”, para que las sombras no quedaran pegadas en el alma. Por eso decían que su estilo era de espontaneidad y de alegría, porque transformaba los ambientes densos en espacios de Dios. “Ciertamente este ejercicio del discernimiento, como práctica de la prudencia, la fue capacitando, a través de un entrenamiento disciplinado, en la metodología de la resolución de los conflictos, de tal manera que adquirió una gran capacidad en cuanto a analizar los hechos difíciles de su vida en comunidad y ser capaz de buscar las causas que los provocaban” (Positio, p. 30). La actitud de la Madre Bernarda nos deja un gran desafío para los tiempos actuales.

Reconocer nuestras crisis ahuyenta nuestras incompetencias y rutinas. Abrirse a ellas, desde el discernimiento, es parte central de la Espiritualidad de la Providencia. El día nace de la noche oscura. ¡Este puede ser el momento!
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P.D.: Como es un tema importante, estamos organizando en el CEP un taller al respecto. Será una buena ocasión también para esperar Adviento.