Por Juan Carlos Bussenius, coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

En este año en que celebramos nuestros importantes aniversarios, nos hace bien recordar testimonios concretos de algunas Hermanas de la Providencia en nuestro país. Vidas que han hecho posible una historia de entrega en humildad, simplicidad y caridad. Hacer memoria nos debe entusiasmar a continuar con la vocación y la misión desde esta otra época. Comenzamos deteniéndonos en dos religiosas, cuyas vidas, sobre todo, destellaron en el amor a los huérfanos y los enfermos. Apostolado tan importante en la historia de las Hermanas de la Providencia.

Sor Ana de Jesús Salas

A los cuarenta y siete años, en el año 1896, falleció en la enfermería de la Casa de Huérfanos, siendo Superiora. Estaba enferma pero un dudó en levantarse para ir a ver a un niño que había tenido un accidente repentino; una pulmonía fulminante fue el resultado. Su muerte fue coherente con toda su entrega a los preferidos del Señor.

Recién profesa le tocó cuidar a unos niños que estaban con gangrena. Todos los rehuían por su deplorable condición y con hedores tremendos. Ella los cuidó con esmero y cariño, sin ninguna aversión. Fue rostro y presencia de Jesucristo absolutamente.

Casi toda su vida se dedicó a la recepción y el cuidado de los huérfanos, sobre todo de los más pequeños; se dice que acogió a más de doce mil niños y niñas. Su labor estuvo marcada por el respeto y la ternura a esos desvalidos infantes. Muchas veces ella los llevaba de a dos y de tres a las dependencias donde los cuidaban. Su estilo era desde el silencio y el esfuerzo. Si había que levantarse de noche para atender a algún enfermo; ella era la primera. Si se necesitaba algún trabajo difícil, estaba siempre dispuesta. Todo lo hacía con sacrifico y alegría, ya que fue de contextura “anémica y débil”. Prueba de sus costosos esfuerzos eran los sudores que tantas veces empapaban su ropa y su rostro, pero Sor Ana de Jesús tenía tanto amor a su Maestro que le comunicaba a su cuerpo el vigor y aliento que necesitaba.

Fue una hábil farmacéutica, prestando sus servicios en la Casa de Huérfanos, en el Lazareto de San Isabel y en distintos Hospitales que la Congregación tuvo a su cargo.

También desempeñó el cargo de secretaria provincial y después de secretaria general, hasta su fallecimiento. Siempre demostró buen tino y mucha prudencia. Su discreción fue una gran ayuda para las Superioras, a quienes acompañó con gran fidelidad y compromiso, pero siempre su labor administrativa estuvo marcada con su servicio a los pobres. Importante estilo que nos desafía hoy.

Sor María Teresa Barros

Falleció a los cincuenta y dos años, en 1897, en la enfermería de la Casa de Huérfanos. De carácter alegre, colaboraba entregando un buen clima para la casa donde vivía.

Se distinguió también por su caridad con los enfermos. Se preocupaba siempre de aliviarlos y socorrerlos, no sólo desde los cuidados hospitalarios, sino también desde una compañía humana y profundamente espiritual. Con todo, se dio cuenta que era importante perfeccionarse. Estudió y trabajó hasta llegar a ser una excelente enfermera, muy hábil con los medicamentos.

Los huérfanos y los enfermos del Hospital de Santo Tomás de Limache fueron testigos de su entrega y cariño. Durante años fue compañera de Sor Ana de Jesús Salas en el cuidado de los niños lactantes, irradiando en abnegación y caridad. Cuando llegaban heridos de noche o de madrugada, y no estaban los médicos, Sor María les hacía los primeros cuidados y no iba a descansar hasta dejarlos provistos de todo lo necesario. Como encargada de los fármacos, los preparaba con mucha habilidad y cuidado. Esto le permitió adquirir buenos y útiles conocimientos para la comunidad.

En la hora de su muerte repetía: “Tengo el consuelo de recordar que nunca he omitido sacrificios para la curación de los enfermos”. Se preparó con tranquilidad para ese momento, conservando su carácter alegre y festivo hasta su último aliento.