Por Juan Carlos Bussenius, coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

Hoy más que nunca es importante el testimonio. La espiritualidad no existe en el aire, se encarna en personas que han hecho de sus vidas lo que proclaman. En estos tiempos complejos para la iglesia de nuestro país, volvemos la mirada hacia la vida de dos religiosas de ayer para re-encantarnos con la realidad de hoy. Destacamos a dos religiosas de “alma grande”: Margarita María Rubio y Teresa Rubio. Hermanas religiosas y de sangre con “olor a ovejas”, como dice el Papa Francisco.

Hna. Margarita María Rubio

Nació el 10 de junio de 1910 en Chillán, de una familia muy cristiana de ocho hijos, de los cuales cuatro fueron “Hermanas de la Providencia”, más una sobrina que siguió los pasos de su tía: hermana Teresita Rubio que hoy se encuentra en la Comunidad de Valparaíso. En 1930 ingresa a la Congregación de la Providencia, que conoció en Temuco, en el colegio Providencia donde estudió y donde también conoció a la Madre Bernarda Morin, a quien ella siempre admiró y que acrecentó su deseo de consagrarse a Dios. Con ella se termina en la Congregación los testigos privilegiados que conocieron a la Madre Bernarda.

Madre Margarita se entregó con gran dedicación a las Casas de la Providencia de Linares, Antofagasta, Valparaíso, La Serena y Santiago, en el internado Pío X. En todas ellas, cuidó a niñas y adolescentes con mucho cariño, educándolas en la responsabilidad.

Tenía una gran caridad. Su carácter impetuoso la llevaba a buscar todos los medios posibles para hacer felices a quienes Dios había puesto en su camino para cuidar y educar.

En las comunidades de las que formó parte, se distinguió por su entrega y afecto por cada una de las hermanas, cariño que se prolongaba hacia la Provincia y toda la Congregación. Siempre rezaba por cada una de ellas, particularmente por aquellas que más lo necesitaban. Esta hermosa cualidad de Madre Margarita se extendía también a todas las personas que pasaban por su camino: familiares, amigos, bienhechores; a todos los amaba, y rezaba por cada uno de ellos. Su familia siempre fue para ella importante y se alegraba con su presencia.

Sus últimos años estuvo en los Colegios Sagrados Corazones de La Serena y Santa Rosa de Santiago. En ambos, sin formar parte del profesorado, su presencia irradió, bondad, paz y alegría; ganándose la admiración y el cariño de quienes la conocieron.

Su muerte fue el reflejo de su vida: rápida, como ella deseaba, y con mucha paz y alegría por ir al encuentro de su Padre Dios, a quien tanto amó y por quien dio su vida.

Hna. Teresa Rubio Piedra

Dicen que ella “fue todo un personaje”. Dios la dotó de una gran energía y de un carácter alegre que la impulsaba siempre a servir, sin cansarse, tanto que fue capaz de vivir 104 años y tres meses.

Nació también en Chillán e igualmente, ingresó al Colegio de Temuco. Entró a la Congregación a los 20 años, tomó el hábito en 1925 y su profesión perpetua fue el 15 de septiembre de 1927. Tuvo la dicha de ver como el Señor fue llamando a sus hermanas a compartir con ella la consagración al Señor.

Su vida consagrada la vivió en alegría y en una entrega generosa al servicio de Dios y de su pueblo. Decía feliz acerca de su opción de vida religiosa: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor”.

Siendo novicia le tocó leerle lecturas espirituales a la Madre Bernarda, que siempre la trató con mucha ternura, dejando una huella imborrable en su vida.

Dicen que era cariñosa, simple, directa, no complicada, valiente, tenaz y creativa. Profundamente humana. Por su carácter impetuoso, estaba siempre atenta a solucionar los problemas de las Hermanas y de las personas que acudían a ella a solicitar su ayuda.

Su amor por Jesucristo presente en los pobres, la llevó a trabajar por lograr un bienestar y acogida a las personas marginadas que llegaban a pedir apoyo. Al abrir la Congregación el comedor Emilia Gamelin, trabajó incansablemente colocando todo su corazón y energía para atender a las personas desamparadas, que recibían diariamente de sus manos la comida bien servida. Además, les enseñaba a conocer al Señor y a la Virgen, para ser felices como ella. Mientras pudo cooperó con sus costuras y bordados para ayudar a esta obra. Decía que ellos eran “sus hermanos”.

Fue comprensiva con las Hermanas, especialmente con las jóvenes; sabía escucharlas y apoyarlas.

En 1955 viajó a Canadá, gozando del encuentro con la comunidad, origen de la Congregación. Esta experiencia enriquecedora la llevó a optar con entusiasmo por la unión con Canadá.

Sus largos últimos años de vida fueron de total humildad, esperando el encuentro con el Señor, su gran amor, que siempre lo vio reflejado especialmente en los pobres.