Por Juan Carlos Bussenius, Coordinador del Centro de Espiritualidad Providencia (CEP).

Impresiona una vez más como la presencia y el legado de la Madre Gamelin resulta tan actual para nuestro mundo de hoy. Ha pasado más de un siglo de su partida y estamos en otros tiempos, naturalmente, pero sus luchas y sueños continúan inspirando a los hombres y mujeres que hemos conocido a sus hijas y a las obras de las Hermanas de la Providencia.

De tantos rasgos de una mujer tan excepcional como Emilia Gamelin quisiera destacar por ahora solo dos. Uno como aprendizaje vital y otro que nos inspira para la misión.

Sabemos que Emilia se encontró con la muerte muchas veces. La visitó duramente con el temprano fallecimiento de sus padres, después de sus hijos y su esposo y en su incansable entrega con los ancianos, huérfanos y enfermos. Más allá de las paupérrimas condiciones sanitarias de Montreal del siglo XIX, mirar repetidamente el rostro de la muerte no deja indiferente y puede dejar complejos arañazos en el alma. Hoy desde la psicología podríamos expresar que ella fue una mujer “resiliente” ya que superó condiciones muy adversas incluso dándoles sentido.  Emilia, con lo que le tocó sufrir, no dejó que la natural amargura se posesionara de ella y forjó un comportamiento positivo pese a las circunstancias difíciles que le tocaron.  Ella no fue una mujer triste, abatida o sin fuerzas, aunque por supuesto sufrió por todo lo que le sucedió, pero su carácter siempre fue de una persona de acción y entusiasmada con sueños que se fueron cristalizando con tenacidad y esfuerzo.

Para comprender el carácter resiliente de Emilia Gamelin debemos tener en cuenta sobre todo, su fe y espiritualidad, que marcaron a fuego su ser y misión. En su vida las cruces fueron levadura de resurrección. El papa francisco en su carta apostólica Mulieris Dignitatem (1988) se refiere a la “mujer-madre” que se convierte en seno del ser humano con “las alegrías y los dolores de parto”. Es el misterio de dar vida a través del sufrimiento. No sirve quedarse solo en el dolor, sino ir más allá. Es crecer en una espiritualidad pascual que hace tomar sentido incluso al dolor y la muerte, pero transcendiéndolas. El dolor de parto es misteriosa semilla de vida. Desde aquí se puede comprender también la devoción de Emilia a la Virgen de los Dolores como senda de la mujer que tuvo la atroz experiencia de acompañar a su Hijo en la cruz, pero después traspasar ese dolor y seguir en la senda de la resurrección. Es probable que cuando Emilia veía los estragos de la miseria llenas de tanta muerte lograba vislumbrar que esto no era la última palabra. Su mirada en Nuestra Señora de los Dolores lograba dar sentido a su misión. Emilia vislumbró que la muerte tan cercana a ella, la preparó paradojalmente, para jugarse por la vida compasiva y con-pasión, incluso con esperanza y alegría.

La “mejor amiga de los pobres” nos desafía a convertir nuestros dolores personales y de esta sociedad constelándolos creativamente; otorgándole sentido. No se trata de dar recetas, pero sanar nuestras heridas, sobre todo en los ambientes insanos, involucra una real conversión. Y ésta es una promesa no automática de la fe, hay que exigirse, formarse. Implica una permanente conversión espiritual.

En esta “sociedad del cansancio” – como lo ha titulado el conocido filósofo coreano Byung Chul-han –  donde el narcicismo, el exitismo y la competencia subyugan nuestra alma y nuestro cuerpo, luchar por encontrar a otros, y más si son desvalidos, nos sana paradojalmente. Los empobrecidos de hoy necesitan no solo nuestra asistencia material, sino también nuestro afecto que transforma también nuestra cabeza, corazón y sentidos. Sin afecto y sin ternura finalmente nos pasará la cuenta nuestro cuerpo, nuestra psicología y nuestra espiritualidad. Y lo pagarán también los excluidos de este mundo, lo paga la naturaleza, la iglesia, la congregación, nuestro trabajo, las relaciones comunitarias, la familia y los niños. En un mundo hostil a la vida y a la humanidad, que endurece el corazón y nos separa, hay que reivindicar otro estilo, con más afecto y ternura. Aquí encontramos otro rasgo también de Emilia Gamelin que nos conecta con la misión.

Sabemos que ella se encuentra con Dios que la desafía a una misión con los pobres y desvalidos del Montreal de su tiempo. Su estilo será de respeto y delicadeza con los sufrientes y adoloridos. Este es un rasgo muy importante en su modo de proceder.  No se trata solo de trabajar por los pobres sino con un estilo que testimonie finalmente al Señor. En consonancia con San Vicente de Paul -sobre todo en este año que celebramos los cuatrocientos años de su nacimiento-   la Madre Emilia sentía que los pobres tenían que ser considerados como “amos y maestros”. San Vicente decía: “Ellos mandan y nosotros aprendemos… Nos dicen, cómo, cuándo y que necesitan y nosotros acudimos a su servicio”. Un legado central de este santo francés que sabemos que es tan inspirador para las obras de las Hermanas de la Providencia. Hoy nuevamente Emilia nos urge a trabajar por la dignidad y el respeto que los pobres deben tener. Una visión que no siempre es fácil, pero es fundamental.

El dolor y el sufrimiento no son estériles. Si podemos resistirlos desde la compasión y de la solidaridad nos convierten. Desde la fe son semillas de acción y de sentido. El poder del afecto y la ternura nos transforman y al mundo.  Emilia Tavernier Gamelin es una inspiración para este anhelo.